martes, 30 de diciembre de 2008

CENICIENTA

¿La vieron a Dolores Urquiza Echagüe, mezclada entre la glamourosa multitud de los personajes del año, en la tradicional portada de la Revista Gente de Navidad?.
Si dicen que sí, mienten. Porque ese era el gran sueño de Dolores. Sueño que se frustró tragicomicamente en la entrada del lobby del Hotel Alvear, el día de la famosa foto, igual que la carroza de Cenicienta.
Ella soñó con esa portada desde su tierna infancia, desde que le contaron que su tía segunda, Marcia Alcira Paz, formó parte de la misma en 1978, cuando era una modelo cotizada de una famosa marca de cigarrillos. Tal vez por esa única razón Dolores abrazó desde temprana edad la carrera de modelaje, más allá de ciertas ventajas que fueron apareciendo después y que ella a su vez observó, compró y degustó, y que ahora no vienen al caso.
Les cuento.
A mitad de este año ella conoció a su salvador en un exclusivo boliche de Palermo. Ella estaba en el VIP, invitada por una marca de ropa interior. En las diminutas mesitas de caoba había sushi, quesitos y ostras con champán. Él la vio, se acercó con dos daikiris en las manos y se presentó; primero como un empresario a secas, después, cuando la charla ya navegaba en aguas de confidencia e intimidad, como uno de los nuevos popes de Editorial Atlantida. Era un muchacho de mirada gris y sonrisa lustrosa y perfecta, que a Dolores le gustó de entrada. El resto fue un trabajo fino, de los dos. Cada uno consiguió del otro lo que el otro podía darle. Él, esas piernas perfectas que parecen no acabar nunca y que dan vértigo; también el íntimo contacto de su cabellera rubia rozándole el pecho en el momento más precipitado del amor. Ella en cambio le arrancó la certeza de la tapa y la promesa de un sobre blanco con ribetes dorados: La invitación a la fiesta.
El sobre apareció el día menos pensado, en manos del portero: Era la última semana de noviembre. Las noches previas al gran acontecimiento Dolores los utilizó para prepararse: Peinados, maquillajes, vestidos, zapatos, joyas, carteras, etc. Fue probando cada prenda, cada perfume, cada joya con una ansiedad que le marcaba en el rostro una mueca casi de pavor, hasta que quedó conforme. O al menos se auto-convenció.
Una limusina blanca la pasaría a buscar por su departamento, así decía la tarjetita del sobre blanco.
El día soñado al fin llegó y ella esperó su limusina con impaciencia, pero esta nunca apareció. No le importó, tomó un taxi y se fue sola con su vestidito rojo y su sobre dorado y sus zapatos de Ricki Sarkany hasta el hotel Alvear. Cuando llegó, algunos personajes ya estaban arribando entre flashes, guardaespaldas y pedidos de autógrafos de cholulos. Vió actrices, actores, políticos, músicos, piqueteros conchetos del gremio agropecuario y todo el gataje más codiciado de toda Buenos Aires.
Cuando se disponía a ingresar la gente de vigilancia la detuvo. El sobrecito no correspondía al de las invitaciones y ella no figuraba en la preciosa lista. "Debe haber un error", increpó, nerviosa, a uno de los gorilas que le impedían el paso. "No, señorita, no hay", le respondieron. Entonces Preguntó por el pope de la Editorial y dio su nombre. Nadie lo conocía, nadie lo había visto jamás. Roja de vergüenza Dolores comprendió que había sido engañada. No supo que hacer. El momento más trascendental de su vida estaba ahí, al alcance de la mano, a punto de suceder, y no quería perdérselo por nada.
Entendió que estaba perdida, una lágrima tonta y negra comenzó a bajar solitaria por su mejilla. Ahí vio las cámaras de televisión, observó a los noteros de los programas de chimentos haciéndose bromas, vio a un gato famoso y oxigenado bajarse de una limusina blanca y dirigirse a la entrada del hotel. Entonces tuvo una puntada de lucidez y se le ocurrió la idea. Supo que esa era su gran oportunidad de trascendencia. Le apuntó con el dedo al gato y gritó algo para que todos oyeran. Se le tiró encima con una excusa cualquiera, la tomó de las mechas de falso color amarillo, y ambas rodaron por el piso. Pero Dolores no consiguió su cometido. Ella observó, en el fragor del forcejeo y mientras dos guardias trataban de separarlas, como las cámaras giraron hacia otro sector y se desentendieron del conflicto. Es que para acentuar la desgracia de nuestra amiga, en ese preciso momento llegaba un auto negro, lustroso y con vidrios polarizados, conducido por Marcelo Tinelli, el Dueño del Rating de la Televisión.
Dolores volvió esa noche a su casa mordiendo su derrota, sin su sobre dorado, rasguñada, con el rímel corrido y las medias rotas.


la imagen es de MINIMALISTIC
GLAMOUR 1.0

7 comentarios:

Magah dijo...

Divertido y amargo, buen cocktel.

PECHITO ARGENTINO dijo...

Gracias Magah, por estar presente.

kapitan olmedo dijo...

Dolores llegó a su casa, en su equipo de música sonaba "ojos de video tape" de Charly García.En el espejo del baño escribió con rouge "No te olvides que soy la hija de la lágrima", levantó su gin tonic y brindó con su imágen, que extrañamente sonreía.

PECHITO ARGENTINO dijo...

Kapitan Olmedo: Muy bueno que hayas completado la historia. Bien podría ser ese el final.
Una coincidencia: escribí esa historia escuchando un gran disco de Charly: Yendo de la Cama al Living.
¿Por qué podría sonreir la imagen de Dolores?
Habría que preguntárselo a ella.
Un abrazo.
Sergio

Magah dijo...

Sergio, sabés, el Kapitan Olmedo abandonó el barco, se fué. Si que sabe de hacer historias, es un grande, pero demolió su blog.
Es un hombre, un gran hombre.

Un abrazo Sergio.

PECHITO ARGENTINO dijo...

Tal vez Kapitán Olmedo esté buscando otros rumbos, otras historias, ajenas y propias. Entré a su blog, vi una canción de Charly y otras cosas. Ojalá guíe su timón hacia donde su deseo le dicte.
Sergio

Camila dijo...

Me interesan las historias y conocer diferentes relatos. En este momento estoy comiendo sushi en palermo, y sin embargo no quiero perder tiempo en dejar de leer diversas historias