sábado, 3 de enero de 2009

LUNA DE MIEL (Mar y Mar)

El amor surge en circunstancias y lugares que ninguno imagina, eso lo sabemos todos. El amor se manifiesta en sitios insólitos, inverosímiles a veces, lejanos, tardíos, cercanos, sugestivos. Puede aparecer en un café, en la panadería, en el colectivo, a la vuelta de casa, en el taxi. Y no es que quiera entrar ahora en una zona donde la cursilería encuentra siempre un terreno propicio para realizarse. Lo que pasa es que para contar lo que quiero contar se me bifurca el borde real del asunto, y se me aparece un campo de sensaciones extrañas, donde todo parece tocar un quiebre máximo.
Intentemoslo.
Marcela no imaginó, no creyó, no intuyó, no pensó nunca en su puta vida que del boliche AMERI-K, donde acudió invitada por su amiga Bea, iba a salir convertida en una persona distinta. Su amiga Bea es extrovertida, lesbiana, hinchapelotas y habitué del lugar. Y Marcela proclamó desde siempre que respeta todas las libertades, incluidas las sexuales, pero que a ella no la jodan.
Marcela y Bea comparten pocas cosas, pero todas muy significativas: un local de ropa que montaron en la zona de Palermo Soho, el gusto por la comida japonesa y la salida a algún boliche de esos que a Bea la vuelven loca.
Alguna vez, apenas se conocieron, Bea le tiró onda, cuando Mar (así la llaman) era todavía soltera. Mar se sonrió, se disculpó. Le dijo que estaba todo bien, pero que no. Volvió a disculparse y le propuso ser amigas. Desde entonces son casi inseparables.
Después Marcela se puso de novia, se casó con un productor televisivo y se separó y se volvió a casar y se volvió a separar y tiene un hijo de once años, Fabricio, que es la luz de sus ojos y de quien Bea es la madrina.
Todas las mañanas lo lleva al colegio y su empleada lo retira por la tarde. Por las noches hacen juntos los deberes y Mar se queda despierta hasta muy entrada la noche diseñando los modelitos que después venderá en su local.
Pero Marcela no pensó jamás que una vez que saliera de AMERI-K sería otra.
Ella asistió para hacerle la gamba a Bea, que enloquece por ese lugar y por otros. Y se propuso beber alguna copa, hacerle compañía, estar un rato, inventar cualquier excusa y después irse. Entró a desgano, se dirigió a la barra, se sentó en una banqueta y pidió un margarita.
La barwoman era una morocha alta, de ojazos negros y rasgos delicados, que movía sus brazos con la pericia de un malabarista y preparaba unos tragos que te depositaban directamente en el infierno. Se llamaba Marcia y le decían Mar, como a ella.
Bea desapareció enseguida, y Marcela se acodó en la barra y charló y bebió y los margaritas se fueron esfumando uno tras otro.
Siguió bebiendo y siguió charlando y también se rió, se rió mucho, se rió como hacía tiempo que no se reía, plena de libertad, pletórica de euforia.
Y después también lloró un poco. Lloró sabiendo que detrás de la risa siempre aparece ese fondo amargo. Entonces Marcia dio la vuelta a la barra y caminó entre la gente y la abrazó muy fuerte, de frente, y le besó el pelo, le enjugó las lágrimas y le dijo al oído palabras que ella nunca antes había escuchado.
Y Marcela se dejó hacer, se dejó acariciar, se dejó llevar por el aire dulzón del momento, por el mareo de los margaritas, por la realidad que estaba abandonando su eje cotidiano. Entonces algo las envolvió a las dos, de repente. Algo nuevo, inexplicable, algo que estaba más allá de ellas mismas y que no se podía describir. Algo que sin embargo las transportó a otra dimensión, a un sitio recóndito en donde las almas ya eran una sola: Mar y Mar.
Mar y Mar, exactamente eso. Como dos océanos que se encuentran en un punto de encaje y se funden para siempre.
A los pocos días se fueron a vivir juntas.
Marcela se volvió a casar, pero esta vez sin papeles, por supuesto.
Mar y Mar están juntas y felices, pero el padre de Fabricio reclama la tenencia al juez y pone cómo excusa el ambiente de inmoralidad en el que está creciendo el chico.
El padre de Fabricio, el productor televisivo, tiene amplias posibilidades de ganar y salirse con la suya, pues posee influencias políticas importantes y además cierta gente de los medios le debe algunos favores. Favores de esos que, tarde o temprano, uno debe pagar sí o sí.
Pero Mar y Mar en este momento ni piensan en eso. Cuando termine Enero y llegue el final de la feria judicial se ocuparán del tema. Hoy no. Hoy están las dos tiradas en la arena blanca de Buzios, bajo el candente sol, disfrutando de una especie de luna de miel.
la imagen es de ALEXANDROS. ALTERVISTA

5 comentarios:

Magah dijo...

No hay dudas de que la vida nos sorprende. Para Mar habrá sido una sorpresa, si le resulta, adelante.

Repienso... somos nosostros los que nos damos sorpresas a nosostros mismos,no?. No la vida.

PECHITO ARGENTINO dijo...

Es que la vida pasa por nosotros. Cada cosa que decidimos, cada gesto y cada acción conforman aquello que denominamos vida. Siempre de nosotros depende todo.
Sergio

Magah dijo...

Si, es verdad, tenés razón.

Un abrazo

Gitana dijo...

Muchas veces la vida nos sorprende de manera que... no entendemos nada, pero lo bueno es no preguntarnos ni como ni porque llegamos hasta ahi o nos pasa lo que nos pasa, y dejarse llevar si eso nos hace bien.
Bien por Mar y Mar, porque la vida es solo una.... y al parecer esta sorpresa fue feliz.

Muy bueno tu blog. Un beso

PECHITO ARGENTINO dijo...

Gracias, Gitana.
Es bueno que la vida te sorprenda, pues ahí está la intensidad.
Un abrazo.