
An se aburre aplicadamente, cognitivamente.
Recorre los bares de la placita Cortazar a sabiendas del vacío existencial. Se toma unos chops espumosos con un dejo de ruptura en el alma, con algo que intenta que no se note, pero que se escapa por todos lados.
Ella —igual que todos— es ahora miembro de la comunidad Facebook: la gran romería cuya divinidad está en todos lados y en ninguna parte.
¿Cómo explicarlo?
A ver...
Facebook es un lugar (hay que llamarlo de alguna manera) donde el pasado se superpone con el presente y todo se confunde y ya nada es lo que parece, o lo que debiera ser.
Allí, de golpe, pueden aparecer los amigos de tu infancia para demostrarte —por si hiciera falta— que el tiempo existe verdaderamente y no es una paparruchada de la filosofía.
A través de esa red, An se reencontró con sus antiguas condiscípulas del Misericordia de Belgrano, y organizaron una cena de aquellas y recordaron viejas épocas y fue, de pronto, y sin que ninguna de ellas lo haya premeditado, como si el mundo hubiera regresado a sus orígenes.
Ahora mismo andan chateando, felices de la vida, en esa moderna Babilonia virtual donde nadie sabe quién es quién, pero en la cual todos actúan como si se conocieran de toda la vida.
Yo también -debo admitirlo- pertenezco a la comunidad Facebook, y ahora tengo miedo.
Mucho miedo.
Es que me he dado cuenta de que todos hemos caído en una trampa mortal de la cual no existe escapatoria. En realidad lo descubrí anoche, por culpa de un sueño, y hoy sé que ya no tengo salida.
En el sueño yo me encontraba frente al monitor de la pc, cuando de repente, como emergiendo desde adentro de ese reino vasto y efímero, comenzó a aparecer gente en la pantalla. Eran innumerables como hormigas y trataban de atravesar el vidrio valiéndose de sus brazos y sus piernas. Retrocedí horrorizado. En un momento lograron atravesar la pantalla y adquirieron carnadura propia, penetraron en la sala y caminaron hacia mí.
Me estremecí.
Mi terror se acrecentó cuando me dí cuenta que se trataba de gente muerta. Parecían esos zombies de las películas de Romero: deformes, podridos, vacíos, grotescos, amenazantes. Miles y miles de cadáveres andantes avanzando hacia mí con sus brazos extendidos, con sus muecas torcidas y sus ojos tenebrosos.
Desperté bañado en sudor, en medio de la oscuridad. Y ahí entendí.
Me reí con ganas. Fue como haber alcanzado un nirvana ordinario, una revelación de entre casa.
Me imaginé a mi mismo en el sueño de otro, con mis cuencas vacías, con mi hedor de cadáver ambulante atravesando un monitor cualquiera para poder percibir -en el otro- el mismo desconcierto, el mismo inesperado estupor.
Pensé en los miles de fantasmas que dejamos atrás, y que hemos olvidado y que sin embargo...
Pensé en el fantasma que seré para alguien y todavía no lo sé.
Hoy por la mañana, después del desayuno, abrí mi cuenta de Facebook, vi las fotos de mis casi doscientos amigos virtuales y recordé entonces aquel maravilloso cuento de Borges: EL ALEPH. Imaginé aquel punto fantástico del cuento, donde cabía el universo entero.
Y me dije que hoy, más que nunca, la realidad supera la ficción.