domingo, 16 de agosto de 2009

TRINCHERAS

Cómo ese derecho que tiene uno a ser despiadado consigo mismo aparece de pronto, y se instala magicamente en este teclado, igual que si un espíritu loco lo hubiera convocado.
Qué paradoja demencial, ¿no? ser yo el que me condene, el que me plagie la propia tristeza.
Quisiera volver a las antiguas historias irónicas, postear aquellas desnudeces vanas, descarnadas de toda carnadura, con aparente liviandad y fragilidad.
Pero no.
Y me da risa, y la risa me toma de sorpresa y me obliga a indagar en ese espejo quebrado y brumoso.
Entonces surge este vómito de palabras sueltas, esta sensación de saltos al vacío, de delirios improvisados porque sí, y ni yo me lo creo.
¿Cómo aprehender todo de nuevo?
¿Cómo desenterrar del pasado el motorcito de la pasión?
Mirando caras en el subterráneo, estación Malavia y olor a fritanga clandestina, todo hace pensar en el suicidio colectivo y cotidiano, ese meter la pata a contrareloj y a contracuenta.
No sirve, me digo. Y tampoco me lo creo.
Soy un apóstata, un paria, menos que nada.
Hoy caminé, caminé por este barrio de la Recoleta que pretende no ser parte de esta Argentina pobre y despiadada. Un barrio que esconde su identidad detrás de un campo lleno de muertos, de ilustres apellidos con nombres de calles, de árboles genealógicos orgullosos de frondosidad.
Quisiera entonces reirme, ser irónico otra vez, largar una bofetada que pegue duro en el rostro de la muerte. Y no, me sale nada más que este palabrerío que no dice nada, este hueco de frases vacías, este vómito que no me ahorro porque en el fondo soy un cagón que no quiere morir atragantado.
Perdonen ustedes a este miserable escudado en una heroica cobardía.
¿Heroica, dije?. ¡Canalla!
No se puede ser tan egocéntrico. No se puede ser tan egoísta atrincherado en esta especie de mentira, enarbolando mi bandera blanca.
¡No disparen!
Salgo ya mismo con las manos en alto y entrego este botín de vanidad
Está en ustedes despreciarlo.






La imagen fue sacada de
Oleo "Antes de la Batalla" de Miguel Oscar Menassa

6 comentarios:

Isabel Estercita Lew dijo...

Hola Pechito Argentino, estuve leyendo un poco tu blog, esta historia no deja de ser irónica, aunque en esta entrada la ironía se centre en vos mismo. Muy interesante esto de plagiarse la propia tristeza. Me gusto.

Besos

Estercita

PECHITO ARGENTINO dijo...

Isabel:
lectora perspicaz. Es verdad lo que decís. Yo no lo había notado. Releí y me dí cuenta que tenías razón. Eso me alivia, porque me mido con la misma vara que a los demás, aunque no están bien las mediciones con respecto a las personas. Pero en mi caso la ironía sólo me sirve para contar historias. Quisiera hacerlo con una destreza superior, pero es lo que hay, y si bien no me conforma, me sirve como elemento catartico, como en esta entrada.
Gracias por pasarte por aquí.
Ojalá vuelvas, serás siempre bienvenida
Un abrazo

Magah dijo...

Creo que todos los que escribimos, usando o no la ironía o el estilo que nos pegue, lo hacemos un poco para hacer catarsis, en definitiva es la expresión, y ella no es mas que sacar afuera para como decís, no morir atragantado, y no por cagones, sino por que limpia por dentro y deja lugar para cosas nuevas.

Como siempre, me gusta tu estilo.

MAGAH

PECHITO ARGENTINO dijo...

Magah: Me gusta todo lo que decís, pero ahora queda superado por lo que para mí es mucho más importante: el placer de que hayas vuelto por aquí.
Se te extrañaba, y mucho.
Un abrazo grande.

Maxi dijo...

Cuanta poesía, Sergio, me encantó!
Atrincherarse está bueno para hacerse de las fuerzas para luego salir al combate.
Un abrazo de un ex compañero del taller de escritura.
Nos seguimos por esta vía!

PECHITO ARGENTINO dijo...

Maxi: ¡ Qué alegría encontrar tu comentario!
Te recuerdo perféctamente del taller de Alejandro, y me voy a dar una vuelta por tus blogs.
Gracias por tus generosas palabras y por este reencuentro.
Estamos en contacto!!!!