
¿Será por eso qué Sergio cargó de libros su morral anacrónico, y junto a su mujer se fue a recorrer los cafés de la ciudad, para sorprender a desprevenidos parroquianos con pequeñas lecturas?
Ya sabemos, el tipo no sabe otra cosa que pasarse en los bares todo el día, garabateando servilletas de papel, y se conoce de memoria el sombrío semblante de aquellos que están dispuestos a que el día los arrebate de su ceguera cotidiana.
Por eso llegó temprano, pisó sobre seguro, y peló, y se mandó con Borges al frente y arremetió con Girondo y los dejó grogui con Juan Gelman.
Todos lo aplaudieron, algunos sin comprender.
Les explico.
Sergio formó parte de un grupo que conmemoró el día del lector, precisamente leyendo. Cuando llegó al segundo bar, ya había una periodista de Clarín y un fotógrafo. Entonces pensó en impresionar: traía consigo una primera edición de un poemario de Paquito Urondo, del sesenta y pico. Leer a un montonero en la ciudad de Macri hubiera sido un pequeño desafío. Pero no. Se dio cuenta de que no quería desafiar, sino disfrutar, y que el público disfrute también. Por eso se mandó con poesías metafísicas, con alguna inocentada de Galeano, con una oscura noche de la Pizarnik.
Ángela, esposa de nuestro amigo, ayudó, consiguió bares, repartió folletos, arengó.
Por la noche, exhaustos y felices, terminaron en The Classic bar, el boliche de Ariel, donde apareció Manu de la Serna con una chica, y se narró un flor de cuento como solo él sabe hacerlo, y se fue victoriado por toda la concurrencia.
Después brindaron con abundante cerveza, y sintieron un desahogo como de misión cumplida.
La foto es de diario Clarín