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domingo, 7 de marzo de 2010

LA PUTA MUERTE

Porque a veces duele.
Duele esta ciudad con sus arterias hinchadas de veneno.
Duele ese grito de gol en la garganta rota, inequívoca, de las almas que purgan su muerte cotidiana.
Porque se muere de deseo, y de dolor, y de infinita rabia.
Acudo a los poetas, a los místicos.
Acudo también a los vendedores de carne, en cualquiera de sus formas.
Unto mi cuchillo de carnicero con las plumas de la paloma que se posa en la pared de mi ventana.
La paloma que me despierta con su arrullo matutino, y que puteo aplicadamente, sin obviar por supuesto el zapartillazo seco contra la persiana, contra la voraz mansedumbre que el cuerpo soporta cuando el sol afina sus rayos.
Y después el mate.
Duele el mate también, y cómo.
Duele la ebullición de la pava, las blancas burbujitas que recuerdan al detergente, a las lágrimas de Ariadna por Teseo, a las lágrimas del Minotauro por Ariadna, a mi propio llanto en esa sepultura donde mi tumba jamás halla consuelo.
Desbocado.
Aterido
Ido.
Acudo con mi hacha de monte al pie del dolor de los asesinos, propios y ajenos.
Duele eso también, y las cimitarras sarracenas, y Borges duele —¡siempre duele Borges!— y el alud de la simiente de los ángeles que desearon a las mujeres de la tierra en el principio de los tiempos.
Y duele la mujer, consonante y tonante.
Y duele el hombre fatigante, andante, soñante.
¿A qué vera enrostrada de nosotros mismos arribará la mansedumbre de nuestros propios cuerpos?
¿En qué oasis de sombra la monotonía pulirá el sepulcro en el qué me hallo?
El sitio en donde cada mañana me despierto, donde en cada amanecer puteo contra el arrullo de las paloma que me roba el sueño, que me pelea con su multiplicidad y su dejarse ser.
Y duele el duelo del pleno dolor, de ese que no alcanza ninguna causa, de ese dolor que no justifica una migaja ni un zapatillazo ni la patada en los testículos de la razón pura, aunque Kant nos aplauda o nos deplore desde su butaca celestial.
Duele la muerte a secas, sin disfraz.
La pura puta muerte.  
Y cómo duele.

miércoles, 20 de enero de 2010

MARÍA DEL CARMEN SUÁREZ


Allá, por finales de los años ochenta, la conocí.
No a ella personalmente, pero sí a su obra. Conocer la obra de alguien es hurgar en su costado más apasionado, asistir a sus desnudeces íntimas con esa impunidad que brindan el anonimato y la no presencia.
Conocer a una persona, junto con su obra, es contraproducente: termina contaminando la propia percepción, culpa de la rutinaria cotidianidad.
El poeta Jorge Arrizabalaga —¿Por dónde andarás, hermano?— me la presentó.
Verano de 1989.
Nos aburríamos los dos en un café de Villa Ballester, dándole sin asco a la Quilmes Cristal, cuando el tipo peló del morral aquella cartulina color verde agua, donde se podían observar algunas letras rojas. En esas hojitas esperaban aquellas poesías memorables.
Las llevé conmigo.
Las atesoré en cajones donde pensé que no podían extraviarse. Pero las continuas mudanzas hicieron lo suyo. En alguna de las casas que habité habrán quedado, junto con tantas cosas.
Pedazos de aquellos versos resistieron en mi memoria. Intentaba evocarlos, y a veces lo conseguía. Otras falseaba alguna línea ,o una estrofa entera.
La magia de internet me ha devuelto aquellos poemas, para alegría de mi alma.
Aquí quisiera compartir uno de ellos.


RIVALIDAD EN EL ESPEJO (María del Carmen Suárez)

Yo no te amé
fue otra la que cava con sus manos en la ceniza de las tumbas
la que aúlla en la noche donde la sangre rueda por sus rodillas
yo no te amé
fue la que perseguiste en los espejos
cuando se escapaba en las tardes
a matar la sombra de los adversarios.

Hoy venís a buscarla
no la conozco
percibí alguna vez su perfume en la habitación
y supe que era hermosa y se perdía en la oscuridad
soy apenas una admiradora lejana
que alguna vez intuyó su voz en esta casa
ni siquiera puedo contarte episodios de su vida
porque esconde detrás de sus ojos un destino inaudito
que nadie tratará de indagar
la busco entre las plantas en el mercado del viento
reviso los muebles para sentir sus huellas
me baño en el mismo lugar para tratar de embellecerme
solo encuentro un hálito de traición
una ternura que flota y me sumerge en el olvido
yo también quisiera auscultar sus enigmas
y desterrarla de estos reinos
que me cuente de una vez todos los viajes
y esta ausencia que crece
quisiera curar sus cicatrices
mirarla mientras duerme
extraerle las flores del pelo y aprender su lujuria
los ritos que me contás hace con su cuerpo
y se esconde después
yo no te amé
fue otra
esa mujer que buscarás en vano
lleva en su carne los signos de otros mundos.

jueves, 27 de agosto de 2009

CRONICA DE UN DECIDOR

A veces se me hace que el tipo no puede con su egocentrismo, que no hay genuina bondad en sus actos, y mucho menos inocencia; que en verdad le importa puta mierda todo este rollo de la cultura y la intelectualidad de las cuales suele jactarse, y lo único que quiere es que suceda lo que sucedió: tener un cachito de notoriedad —esos quince minutos de fama warholianos— para olvidar que lleva una vida miserable y aburrida.
¿Será por eso qué Sergio cargó de libros su morral anacrónico, y junto a su mujer se fue a recorrer los cafés de la ciudad, para sorprender a desprevenidos parroquianos con pequeñas lecturas?
Ya sabemos, el tipo no sabe otra cosa que pasarse en los bares todo el día, garabateando servilletas de papel, y se conoce de memoria el sombrío semblante de aquellos que están dispuestos a que el día los arrebate de su ceguera cotidiana.
Por eso llegó temprano, pisó sobre seguro, y peló, y se mandó con Borges al frente y arremetió con Girondo y los dejó grogui con Juan Gelman.
Todos lo aplaudieron, algunos sin comprender.
Les explico.
Sergio formó parte de un grupo que conmemoró el día del lector, precisamente leyendo. Cuando llegó al segundo bar, ya había una periodista de Clarín y un fotógrafo. Entonces pensó en impresionar: traía consigo una primera edición de un poemario de Paquito Urondo, del sesenta y pico. Leer a un montonero en la ciudad de Macri hubiera sido un pequeño desafío. Pero no. Se dio cuenta de que no quería desafiar, sino disfrutar, y que el público disfrute también. Por eso se mandó con poesías metafísicas, con alguna inocentada de Galeano, con una oscura noche de la Pizarnik.
Ángela, esposa de nuestro amigo, ayudó, consiguió bares, repartió folletos, arengó.
Por la noche, exhaustos y felices, terminaron en The Classic bar, el boliche de Ariel, donde apareció Manu de la Serna con una chica, y se narró un flor de cuento como solo él sabe hacerlo, y se fue victoriado por toda la concurrencia.
Después brindaron con abundante cerveza, y sintieron un desahogo como de misión cumplida.
La foto es de diario Clarín

miércoles, 19 de agosto de 2009

CONFUSIONES

En el Arrufat te enterás de todo, nada escapa al oído atento de quien quiera escuchar, y cuando el Porteño más porteño de todos me lo contó, no pude menos que soltar la carcajada más sincera.
— Hijo de puta, vos te reís porque no te pasó a vos —me dijo con su mirada más sobradora.
Y entonces sí, ahí nos reímos los dos.
Imaginate —me contó el Porteño— yo tengo experiencia con minas, pero esto nunca, te lo juro...
— Para todo hay una primera vez —le murmuré con sorna— y me volví a reír.
Resulta que el tipo conoció a la minita en esos boliches para gente de más de treinta y cinco. Él la invitó a la barra y se tomó unos cuantos destornilladores, que es lo que beben los hombres de su edad. La mina, cuarentona como él, arrancó con guindado y siguió con margaritas. Pero ya entrada la madrugada se clavó un Séptimo Regimiento tan ochentoso como el halo bizarro que parecía rodear todo el lugar.
Vivía por Almagro, y el porteño la llevó en su Chevrolet 54.
El alcohol exaltó las pasiones, como debe de ser, y el Porteño detuvo el auto en varias esquinas solitarias. Los vidrios se empañaron, un bolerito anacrónico y empalagoso sonó en el estéreo, las manos perdidas en los deleites del amor. Pero nada. Al parecer la minita quería hacer las cosas cómodamente.
—Aquí no, llevame al departamento —le dijo todas esas veces.
Llegaron. La mina vivía en un segundo piso, sin ascensor. Subieron las escalera, y en el rellano el tipo la arrinconó y entonces sucedió una eternidad de besos, de mordiscos, de caricias, de susurros entrecortados. Entraron, les costó un montón meter la llave en la cerradura, y cuando el Porteño más porteño de todos la tomó por detrás y la levantó en sus brazos con las mejores intenciones, ella lo rechazó.
—¿Con quién me confundís?  —le dijo
El tipo quedó perplejo unos segundos, la depositó sobre el piso, no entendía, pensó en una broma, en el burbujeo embriagador de los tragos. Pero la mina le pidió que se fuera.
El Porteño más porteño de todos partió de inmediato, montó en su Chevrolet 54, llegó a su casa de Palermo, y se pegó una ducha fría.

Cuando terminó de contarme y de reírnos un buen rato, el tipo me preguntó si yo me animaba a escribir algo sobre el tema.
—No te prometo nada —le mentí.
Apenas se fue, saqué mi Parker y tomé una servilleta.
Espero que les guste.


Él la alzó
no era un sueño
la levantó sobre sí
aferrados los muslos de ella entre sus manos
bandera enarbolada con gestos del deseo
para que su perfume penetre el puente de sus besos
y desde arriba
aferrada ella
domada ella por sus manos feroces
lo abrazó y su pelo de miel oscuro sobre
su boca
sobre su cara como un juego
y aquellos pies descalzos y
aquel perfume de súbita dulzura
el sabor de sus pechos en su boca
en ese letargo con duración de eternidad
Él la sostubo
en ese tiempo que no cesa nunca
él la acarició y ella en el abrazo
inclinó su cabeza
se aferró a su misterio
a sus años de seducir continuo
y no pudo o no supo
que aquella sería la
medida y
que el beso final no llegaría
hundida como era
Él la sostuvo un rato
nada más que un momento
y después en el velo cotidiano
aquellas desnudeces poblarían sus sueños
sus encantos

y sería sólo eso
y nada más que eso

la imagen es de redgestoresculturalesvalle.blogspot.com/2008_...

sábado, 23 de mayo de 2009

VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS

Me dí una vuelta por el blog Soledad Entretenida, de Maritornes http://soledadentretenida.blogspot.com/  —uno de los mejores del universo virtual, les garantizo— y me encontré con este poema de Cesar Pavese.
Recordé cierto episodio de mi infancia, que ya creía ingenuamente olvidado, pero que sin embargo persiste aún en la recóndita oscuridad de mi alma, y de mi memoria.
Marina se llamaba, y era dulce y morena, y vivía a la vuelta de casa.
Tenía unos ojos negros como no he vuelto a ver.
Ella andaría por los quince y yo era apenas un pibito que fatigaba la manzana con mi primera bici sin rueditas.
La miraba.
La miraba siempre, no podía dejar de hacerlo: el pelo largo, la palidez en el rostro, y esa sonrisa  que me dedicaba cada vez que me veía doblar.
Por las mañanas, en verano, montaba mi rodado veinte roja y mi corazón latía con fuerza sólo de admirarla asomada en la ventana.
Hasta que un día ya no estuvo, y al otro tampoco, y nunca más volví a verla.
"Leucemia" fue la palabra que empleó —entre lágrimas— mi madre cuando pregunté.  Y después llegó el día aquel de los coches negros, esa mañana de la llovizna y las coronas en la puerta de su casa.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos...
Como diría don Julio Cortazar, dan ganas de llorar, pero de pura tristeza.



Vendrá la muerte y tendrá tus ojos;
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra vana,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando te doblas sobre ti misma
en el espejo. Oh, amada esperanza,
ese día también nosotros sabremos
que eres la vida y eres la nada.
La muerte tiene una mirada para todos.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como ver en el espejo
surgir un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Descenderemos en el abismo, mudos.
Traducción: Laura Zorrilla

jueves, 30 de abril de 2009

DE AMBAR

El porteño más porteño de todos, ese que bebe litros de café y observa la calle desde la ventana de un bar.
El porteñísimo que guarda en su DNI la foto vieja de los años de plomo (campera de corderoy y bufanda hasta el piso).
Ese tipo de los sueños azules, de las estaciones donde la palabra silencia aquello que dice.
Ese tipo me regaló este poema de sus años mozos. Un poema de cuando estaba todo por hacerse. Todo lo que después nunca se hizo.


DE ÁMBAR

De ámbar dibujados
en Politeama, un café,
un cigarrillo, una sombra.
De ámbar esa piedra que colgaba
de la lluvia, un Jockey Club maquillado
de tus letras,
del adiós de tus letras inventadas
en paquetes de cigarrillos
abiertos una tarde cualquiera
pero no tan cualquiera.
De ámbar el color del silencio,
la levedad de tus ojos encendidos,
el encuentro fugaz
de las pieles ocultas.
De ámbar la poesía que te dije al oído
—tus manos apretadas,
serenas, con las mías—
en el denso paisaje del verano y la siesta.

martes, 17 de febrero de 2009

LOS POETAS NO SE SUICIDAN

A veces uno está a la espera del milagro. No me refiero a su costado mágico en este caso, aunque la magia existe desde ya, sino no existiría la literatura ni la música ni ninguna de las artes.

Un cuento me está rondando la cabeza por estos días. Una historia que me obsesiona y que es ardua y compleja para plasmar en un papel o en un blog.

Poseo las ganas suficientes, pero carezco de recursos para hacerlo.

Sin embargo lo intento.

Quiero escribir acerca de las últimas jornadas del poeta Federico Fréderes, quien jamás escribió una sola línea, pero que para aquellos que lo conocimos -hablo en sentido figurado, por supuesto, porque tal cosa para un tipo común era harto imposible- representaba el paradigma de que el hombre puede hacer de sí mismo un hecho poético sin haber bosquejado jamás un solo verso.

Cuando Federico decidió pasar a mejor vida por su propia voluntad, yo no contaba treinta años y él los superaba largamente. Yo no era poeta pero, paradojicamente, estaba por largar mi primer libro de poesías: Aguas Servidas.

Digo bien cuando digo que yo no era poeta. Versificaba solamente, pero todos sabemos que eso no hace a un poeta.

Ese pequeño, ingenuo, vanidoso e indulgente engendro de mis días de juventud anda por ahí, muerto de risa, en los anaqueles de mi biblioteca, junto al de otros apellidos muchos más ilustres.

¡Qué desfachatez!

También está en la de algunos buenos amigos y otros desconocidos a los que pido disculpas.

Sin embargo, en el incluí este poema que posteo ahora y que refleja en parte algunas vicisitudes del espíritu atormentado de Federico Fréderes.

En homenaje a esos poetas de verdad, que salen a buscar palabras más allá de sí mismos y no necesitan dejar testimonio de nada ni de nadie.



LOS POETAS NO SE SUICIDAN


Los poetas no se suicidan

se pierden y se encuentran en los astros,

en su pantalla cósmica vigilan

los secretos del verano.


Auguran buen invierno en el invierno

entretejen palabras sin palabras

entre planetas, planetoides y asteroides

y una lágrima mía...


Delirios - delirantes - delirados

solos - fríos - sorprendidos.

Todo lo que vos quieras

y algo más,

pero los poetas no se suicidan


se van...

jueves, 22 de enero de 2009

LA ULTIMA NOCHE

No estaba seguro de escribir este posteo.
Tal vez era mejor contar alguna otra historia, una pequeña anécdota de esas que suceden todo el tiempo en esta ciudad; o no contar absolutamente nada, llamarse a un ascético silencio.
Quizá también hubiese podido narrar alguna desventura de las amigas de An. Pero esas chicas hoy están bronceándose al sol de este enero calcinante, muy lejos de aquí, lejos del embotamiento húmedo de esta jodida y querida Buenos Aires, tan ajena en estos días.
No.
El humor se me trastocó; decidí ordenar mis cosas y esta vieja poesía apareció de golpe entre mis cajones repletos de papeles. Fue como un golpe bajo, un directo de esos que no se pueden esquivar. De pronto me vi transportado de vuelta al bar donde la escribí, hace ya muchos años. Era invierno, frío y nebuloso, o ahora así pretendo que fue. Era un cortado con aquellos viejos terrones de azúcar que hoy ya no existen más. La servilletita tenía alguna publicidad estúpida y el nombre del café en letras rojas: "Reddón". Y Janis Joplin sonaba en alguna radio, con voz desgarrada y triste, como estaba yo.

LA ÚLTIMA NOCHE (María)

Era de espesa noche.
Lila de su mirada era de puerca sombra,
y aunque no sucedía
también adivinaba un crepúsculo negro
no tan lejos de ella, y no tan lejos.
Tantas canciones acariciadas,
tanta caricia en el espejo,
en el sueño que debajo y
ante todo, como otro sueño dentro
de otro sueño, reiría.
Era de espesa luna.
Húmedas las mejillas.
Sus mejillas tan blancas y tan húmedas
que el hechizado tiempo
no apartaba sus horas ni sus musas.
Era tan de repente,
tan imposible era que no era.
Libre de manos, libre.
A veces refugiada de voces,
a veces encerrada en augurios de peligros,
flecha rota y fugaz,
zarza que ardía,
era de franca noche bajo la noche franca.
Y se olvidó de tantos espejismos,
de tantas elegías solitarias,
de tantas risas inconclusas.
¡Pobrecita, María! desnuda,
quién diría después de tantos corazones
y bufandas,
luego de tanta llama quién diría,
María, tan desnuda,
envuelta en su mortaja.

sábado, 17 de enero de 2009

TE REÍAS

La risa es terapéutica, afrodisíaca y catártica. Reírse genera el flujo de endorfinas. La risa es propicia para el buen vivir, como el vino y otros deleites.
La risa del otro me estimula y me contagia.
Y la risa también es pasional, aunque muchos no lo crean así.
Tengo grandes recuerdos en donde la risa fue caudal y camino, encuentro y cercanía.
Reírse es fundamental. Nos hace olvidar el destino último de toda vida y nos enseña que lo importante es el sendero, la aventura, y la intensidad del transcurso.
Para aquellos que desafían a la muerte con una buena sonrisa o con una estruendosa carcajada, va dedicado este poema.
TE REÍAS

Te reías
mientras las persianas izaban
un refugio fingido
te reías no
era mueca de asombro era
pura risa de eso que el destino
no sabe
musicalidad y espanto
pero también desapego y magia
desdén de la propia pureza
te
reías y era como un infinito dios
resucitando
era como tu risa en
los mercados al caer la tarde o
como las esquinas de la calle Corrientes
esquivando soles o
herrando la piel de los hombres que
te amamos
te reías pero detrás
siempre con un velo de asombro en los
ojos
yo evocaba tu risa que era como
una navidad infinita
tu risa como múltiples
regalos de fiesta
como cohetes en una
noche inmensa
como un festival de sombras
tu risa se me iba desesperando
iba
horadando los recuerdos de otras vidas
otras risas
con los ayeres
con los rezos inútiles de los
niños hambrientos a la salida del Abasto
vos te reías vertiginosa
te reías con palabras ensangrentadas
con balazos que mataban
la locura
te reías con el cuerpo
con la carne
asándose en el horno
con el vino que golpea el alma de
los hombres
te reías de espanto de
piedad
en las puertas mismas del olvido y de
la muerte.

sábado, 10 de enero de 2009

MARÍA

Esta poesía no la escribí en el "Arrufat", sino en el bar Tortoni, minutos antes de que comenzara la función de Alejandro Dolina, hace más de diez años.
Corrían los 90 y estábamos el Flaco Jara, Hernan Onesti, El Negro Gomez y la única dama del grupo: Gladys Rando.
Recuerdo que la estábamos pasando realmente bien y estábamos contentos. Pedimos unas ginebritas y de golpe empezamos a hablar de mujeres. Alguien de los presentes comenzó a decir cosas acerca del amor y el porrón de barro comenzó a perder su contenido.
Gladys se aburrió y se fue con el Negro. Hernan partió, quién sabe a dónde. Entonces el Flaco y yo hicimos un silencio largo y algo parecido a la melancolía nos ganó, no sé por qué, no sé en qué momento sucedió, pero quedamos vacíos por dentro y no pudimos seguir hablando. Luego el Flaco saludó con su mano y se fue; ninguno entró a ver a Dolina, no pudimos.
Yo me quedé en el bar hasta la madrugada y en uno de los mantelitos de papel escribí la poesía que hoy comparto con ustedes en este post.
No diré quien era María, sólo diré que hoy ya no existe. Desde aquel día se convirtió en emblema, símbolo y síntesis de esa mujer que los hombres buscan y no pueden hallar.
Ojalá que el poema devele el camino que conduzca al misterio.
MARÍA

María o la cadencia
del tiempo yéndose
profanada bestial
mujer aunque ya no
la crean los crepúsculos
que amé con ella
era sal toda trueno
dormida lacerante
de indómita pasión se hundía en
el desgano
abandonaba su
canción en la mitad del verso
María o la ajena de las
multitudes
hacedora de destinos
toda tetas toda piernas y perfume
y borrachera
toda adiós y anocheceres
cuando en su mirada recolectaba días
a mi lado
toda tiempo toda luna y era
como su eje con el mundo al expandirse
María o la epopeya de los brazos en la
noche
toda ardiendo toda fuego con su
danza y sus ases en el puño
ella sabía de memoria el sortilegio
el oscuro recorrer
de la boca y los roces
toda ansia
toda sueño
María o los silencios depositados
en cajitas musicales
María o el horror de
evaporarse en fogatas nocturnas
haciéndole
el amor a las estrellas
María o el retrato de María y su
pelo en mi memoria como una
huella para siem
pre.


martes, 6 de enero de 2009

IMPOSIBLE SIRENA

En la mitología griega se cuenta que frente a la Isla de Sorrento habitaban las sirenas. Como se sabe eran seres con torso de mujer y cuerpo de ave (no de pez) y uno de sus principales atributos era la mágica belleza de su música. Se dice que se dedicaban a esperar el paso de los barcos y con su dulce canción embriagaban a los marinos que enloquecían de inmediato, se arrojaban al agua y perdían el control de sus embarcaciones que solían estrellarse contra los acantilados.
Era tal la fama del singular canto de las sirenas que dos famosos héroes decidieron enfrentarlas de manera diferente
En la leyenda de Jason se dice que Orfeo, cuyo voz poseía una belleza especial, cantó mucho más dulce que las sirenas y así salvó del embrujo a los Argonautas, que era el nombre que llevaban los tripulantes de aquellas embarcaciones en honor a la principal de ellas: Argo. Y en La Odisea se cuenta que Ulises ordenó a la tripulación de sus naves taparse los oídos con cera para evitar las conocidas consecuencias. Él, en cambio, se hizo atar al mástil mayor para escuchar el maravilloso canto.
A propósito de todo esto, quiero compartir con ustedes La siguiente poesía que tiene inspiración en estos mitos, pero es transportada a sensaciones del presente.
Ojalá les guste.
IMPOSIBLE SIRENA
Era imposible no mirar otra cosa
tus ojos un velero en la alta mar
de la tarde que se enciende
era imposible y cómo hacías
para enmudecer en la
roca antiquísima de esos sueños
recolectados en alcancías
sin embargo tu boca
el aliento prófugo de tu boca y
mi boca y el viento como un
náufrago doliente de la tarde
la brújula con qué los cuerpos
tuyo y mío buscaban la
isla perdida de los besos
era imposible pero ahí estabas
arremolinada de olas y espuma
ahí en la desesperación de
hallar tierra firme
otra isla donde encontranos
desérticos de nosotros mismos
ahí el galope de la espuma
era imposible no enamorarme
sirena no verte con ojos de
dulce Orfeo o atado a los
mástiles de las naves de Ulíses
cantando las estrofas del amor
era imposible digo
tu cuerpo contra el mío mientras
la mar nos acunaba

jueves, 1 de enero de 2009

SERVILLETAS DE CAFE

Aquí, mechadas entre las historias, irán las poesías de "Servilletas de café".
Todo escrito en bares, allá lejos y hace tiempo, cuando cada noche, con un cigarrillo y una ginebrita, intentaba rescatar, en una mesa del café "Arrufat", lo inasible del universo propio.
he muerto tantas vidas
todas mías
he sido como látigo
de fuego
he yacido mañanas o noches
espejos
una forma en mi rostro
he resucitado de muertes
como un amanecer gigante
recorrí días de pereza y ocaso
aquí estoy
recién nacido de la muerte
a la espera del deseo y el alba
aquí estoy
fugitivo del destino
prisionero hasta nunca
ataviado del plumaje de los
ruiseñores que cantan en mi espejo
soy ese que se ha rebelado
y vuelve con su máscara rota
a esta farsa del devenir de los días