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lunes, 22 de noviembre de 2010

PRIMAVERAS



Julieta está sacada.
Su mirada de rivotril se pasea por las vidrieras del Palermo Soho, escruta los diminutos vestidos de Las Oreiro, admira los colgantes orientales, y los collares hipposos del destiempo.
Todo parece suceder dentro de una vieja película: divas de los cincuenta que esperan en sus convertibles los flashes abrumadores de los paparazzis.
Mirada cuarentona la de Julieta, acuosa, irreal. Una mirada que perturba desde su naturaleza inasible. Una mirada que no miente, y que refleja el vacío de todo su mundo.
Ella y An se sientan en un bar de la placita Cortazar, donde —ya se sabe— todo es mentira.
—Sí. Tal vez este verano vuelva a Punta. ¿Y ustedes?
—Nosotros —dijo An— como mucho, a Punta Mogotes.
Las dos se ríen. ¡Son tan distintas! Pero el escenario las clasifica en un álbum uniforme. Allí, los cuerpos, los deseos, los gestos, las almas, mutan en un híbrido que se mimetiza con el paisaje.
El sol de esta primavera amenazante les clava las uñas en la piel. Julieta se coloca los anteojos negros, y ahora su mirada alucinógena ya es nada más que un recuerdo.
La vida arde dentro de ella, pero con inocente ironía. La adolescencia se resiste a abandonarla. ¿O es Julieta quién se aferra al tiempo que se le escurre?
An se pregunta entonces qué hace ahí, con esa mina. Qué hace encendiendo ese enésimo cigarrillo entre el sonambulismo de una gente que transita el sueño de un dios loco.
Porque ella más que nadie sabe que allí nada es verdad.
Nada.
Ni las chicas de miradas acuosas, ni ella, ni la placita que alguna vez fue Salguero.
Julieta le cuenta a An sus fantasías lésbicas, sus sueños secretos con otras mujeres. Ansias eróticas que ni siquiera su pareja conoce. Su pareja: empresario textil amigo de Mauricio Macri.
—En el fondo todo esto me gusta— dice julieta, repantigándose en la silla, mientras el trago se calienta sobre el mantelito de hilo, y An ya no sabe cómo guarecerse de ese sol cada vez más invasivo.
An observa las otras sillas, las otras mesas. Ve como —de pronto— las personas se transparentan, se tornan invisibles.
An ve también como los bares se esfuman, como sus ladrillos pierden consistencia, como las calles abandonan sus formas y un desierto les crece desde adentro.
Ve también — con un resto de perplejidad—cómo julieta se deshace en el aire.
Después, ella misma desaparece.



La imagen corresponde a "Todas las mujeres..." acrílico de Montse Martin

lunes, 22 de junio de 2009

LAS BEBOTAS

 — Para un tipo de cincuenta y pico nosotras somos unas bebotas  —le dice Julia a Perla y a Lorena, mientras se miran en el espejo de la sala.
An sonríe y me guiña un ojo. Las observa:
cuarentonas ellas, separadas las tres y ¡ay! con esa juventud que les sobrevive en el alma, pero se les escurre del cuerpo.
Augusto Azcuénaga Echagüe, amigo de An, empresario cincuentón, organizó una fiesta el domingo, en su campo de San Pedro, para celebrar el día de la bandera.
Augusto es patriota, bonachón y, aunque parezca mentira, peronista.
— Venite con quien quieras —le dijo a An, y ella invitó a las bebotas.
Tendrían que haberlas visto a las tres, con sus cabecitas rubias, oxigenadas. Con las pieles lánguidas por culpa de la dieta, ansiosas, neuróticas, fumando a rabiar, intentando que el espejo devuelva una imagen imposible.
Días antes, ellas se asomaron a la cuenta Facebook del tipo, y se metieron en sus álbumes de fotos. Admiraron allí el campo de San Pedro con su sembradío de soja y la enorme caballeriza. Pero también la casa en el country de Tortugas y el piso de Belgrano, frente a las Barrancas.
Aunque lo que más las atrapó del tipo fue su pose de ganador: traje Armani, sonrisa sobradora, blanca y abundante cabellera.
La fiesta en el campo se largó a eso del mediodía.
An las presentó a Augusto y ellas quedaron extasiadas. Sofía, la hija del anfitrión, las relojeó con ironía.
Muchos invitados. Asadito criollo, vino, cuerpo de baile para entretener a los presentes y por la tarde jineteada.
Frío a morir.
Ya entrada la noche, Augusto reunió a todos en un escenario improvisado. Tomó el micrófono e hizo el anuncio:
—Vení Brenda —dijo con una sonrisa.
Y Brenda apareció, y el mundo dejó de existir: Alta, rubia natural, joven, soberbia bajo la luz de las primeras estrellas.
Él la tomó de la mano y oficializó el noviazgo con la mejor amiga de su hija.
Después hubo aplausos, gritos de alegría, fuegos artificiales preparados para la ocasión, y comenzó a sonar, como en un dulce sueño, What a Wonderful World.
An sintió, en ese momento, las miradas de las bebotas clavadas en su espalda, y un intenso calor le abrazó el rostro.
Desde ese día, ni Juli ni Perla ni Lorena volvieron a dirigirle la palabra.


La imagen es "Mujer frente al Espejo" de Chanlatte

jueves, 11 de junio de 2009

JUANITA Y EL GURÚ




— Uno debiera dejarse de joder y mirar para dentro.
La frase, dicha por Juanita Alzaga de Pineda en las terrazas del Buenos Aires Design, adquiere cierta pátina de irrealidad.
Claro que en este sitio todo asemeja a la escenografía de un teatro inmenso, y nada parece existir verdadaderamente. Nada. Ni el aire dulzón —remplazado por la mezcla arrolladora de los Very Irresistible-Givenchy y Kenzo Amour— ni el Hard Rock Café, y mucho menos el cementerio de la Recoleta donde miles de muertos ilustres duermen el sueño de los justos
— Mirar hacia adentro, y después ¿qué? —pregunta An, mi mujer, bebiendo un sorbo de su margarita .
Juanita no sabe, no contesta, o ya no le importa tanto.
Triste destino, a veces, el de los humanos que no encuentran lo que añoran.
Por eso Juanita, amiga de An, se fue en busca de sí misma.
Y se fue por allí, salió a buscarse.
Gran paradoja.
La mina se fue de sí para poder encontrarse, y así transitó cursos de Tai Chi, Yoga, Feng Shui y demás yerbas con prestigio oriental, pero practicadas en locales del Soho y en los bosques de Palermo.
Un día Juanita se hartó de Juanita, y de todo. Entonces calzó jogging Adidas, momtó su BMW rojo, descapotable, apagó el Nokia última generación y ahí se fue a estilizar el alma, como ella dice.
Pero pagó con el cuerpo. O mejor dicho, le entregó su cuerpo de diosa al chino de la técnica de sexo tántrico de la calle Honduras. Ambos se encierran fines de semana enteritos,  y ella emerge cada lunes con ese brillo inusual, insolente, desprejuiciado en sus pupilas azules.
Ahora abrieron empresa de ayuda ESPIRITUAL. Ella maneja la caja y el chinito hace lo suyo con otras chicas. Pero a Juanita no le importa, y tampoco le importarán otras cosas mientras la cuenta bancaria se engrose con esos billetes de todos los colores y de todas las latitudes.
An dice que la escucha y no lo puede creer:
—Parecés otra —le dice
— Soy otra, ¿no te das cuenta?
Juanita, puro corazón, se está por ir con el chino al Machu Pichu. Organizaron una excursión para limpiar el espíritu y escapar de esta sociedad desalmada y materialista.
— Imaginate, yo sola con el chino —le confiesa entre risas—. Si hasta rentamos un charter de novela y todo. Pero después allá se nos termina la joda, nena, caminamos como cuatro días por las ruinas, ¿qué loco, no?
An se encogió de hombros, sin saber que contestar.

viernes, 30 de enero de 2009

FACEBOOK (o el viaje al fin de los tiempos)

Desde que su amiga Isabel anda gozando dichosamente los soles del Brasil, An se siente un poco perdida. Deambula a solas por la ciudad sola, mirando vidrieras repletas de vestidos impagables, de zapatos que se subastan al precio de piedras preciosas.
An se aburre aplicadamente, cognitivamente.
Recorre los bares de la placita Cortazar a sabiendas del vacío existencial. Se toma unos chops espumosos con un dejo de ruptura en el alma, con algo que intenta que no se note, pero que se escapa por todos lados.
Ella —igual que todos— es ahora miembro de la comunidad Facebook: la gran romería cuya divinidad está en todos lados y en ninguna parte.
¿Cómo explicarlo?
A ver...
Facebook es un lugar (hay que llamarlo de alguna manera) donde el pasado se superpone con el presente y todo se confunde y ya nada es lo que parece, o lo que debiera ser.
Allí, de golpe, pueden aparecer los amigos de tu infancia para demostrarte —por si hiciera falta— que el tiempo existe verdaderamente y no es una paparruchada de la filosofía.
A través de esa red, An se reencontró con sus antiguas condiscípulas del Misericordia de Belgrano, y organizaron una cena de aquellas y recordaron viejas épocas y fue, de pronto, y sin que ninguna de ellas lo haya premeditado, como si el mundo hubiera regresado a sus orígenes.
Ahora mismo andan chateando, felices de la vida, en esa moderna Babilonia virtual donde nadie sabe quién es quién, pero en la cual todos actúan como si se conocieran de toda la vida.
Yo también -debo admitirlo- pertenezco a la comunidad Facebook, y ahora tengo miedo.
Mucho miedo.
Es que me he dado cuenta de que todos hemos caído en una trampa mortal de la cual no existe escapatoria. En realidad lo descubrí anoche, por culpa de un sueño, y hoy sé que ya no tengo salida.
En el sueño yo me encontraba frente al monitor de la pc, cuando de repente, como emergiendo desde adentro de ese reino vasto y efímero, comenzó a aparecer gente en la pantalla. Eran innumerables como hormigas y trataban de atravesar el vidrio valiéndose de sus brazos y sus piernas. Retrocedí horrorizado. En un momento lograron atravesar la pantalla y adquirieron carnadura propia, penetraron en la sala y caminaron hacia mí.
Me estremecí.
Mi terror se acrecentó cuando me dí cuenta que se trataba de gente muerta. Parecían esos zombies de las películas de Romero: deformes, podridos, vacíos, grotescos, amenazantes. Miles y miles de cadáveres andantes avanzando hacia mí con sus brazos extendidos, con sus muecas torcidas y sus ojos tenebrosos.
Desperté bañado en sudor, en medio de la oscuridad. Y ahí entendí.
Me reí con ganas. Fue como haber alcanzado un nirvana ordinario, una revelación de entre casa.
Me imaginé a mi mismo en el sueño de otro, con mis cuencas vacías, con mi hedor de cadáver ambulante atravesando un monitor cualquiera para poder percibir -en el otro- el mismo desconcierto, el mismo inesperado estupor.
Pensé en los miles de fantasmas que dejamos atrás, y que hemos olvidado y que sin embargo...
Pensé en el fantasma que seré para alguien y todavía no lo sé.
Hoy por la mañana, después del desayuno, abrí mi cuenta de Facebook, vi las fotos de mis casi doscientos amigos virtuales y recordé entonces aquel maravilloso cuento de Borges: EL ALEPH. Imaginé aquel punto fantástico del cuento, donde cabía el universo entero.
Y me dije que hoy, más que nunca, la realidad supera la ficción.

jueves, 8 de enero de 2009

¡ POBRE RITA !

Pobre Rita.
Rita Paredes, amiga de An, cree que con un toque de ese maquillaje que compra en sus escapadas al Alto, que con ese botox con que infla sus pómulos, que con esos pechos que pagó con el rojo de su cuenta bancaria, va a poder escapar a la muerte. Pobre Rita, porque yo creo que lo cree en serio, y cuando sonríe con ese gesto de Mona Lisa a punto de llorar, uno no puede dejar de comprenderla.
Pobre Rita. Alguno de nosotros debería decirle la verdad de una buena vez, decirle que la muerte es la más turra de todas, que a esa hija de mil putas nada ni nadie se le escapa porque lleva la cuenta de todas nuestras vidas, y hay quien dice que hurga debajo de los peluquines, que arranca las placas de los maquillajes, que hace estallar siliconas por los aires y que descubre arrugas en lugares imposibles.
Hay que avisarle entonces a Rita que no imagine nunca más una cuenta contra reloj, que si no va a estar bien jodida y requetejodida. Hay que decirle de una vez por todas que por más que ella use la ropa de su hija, haga dietas imposibles y corra todas las mañanas sobre la cinta que oculta en la salita de estar, la muerte escruta hasta su propia sombra, la tiene muy en cuenta, la anota en su libretita cotidiana, la espía cuando se mira en el espejo.
Pero An me dice ahora que no. An me dice que no me preocupe por nada, que Rita se conoce de memoria todo ese jodido tema de la muerte, que lo único que ella quiere es que no se note el bichito del tiempo en la piel, que no se le apergamine la mirada. Lo único que Rita quiere es que asomada a los abismos de los espejos el horror quede desterrado para siempre, que una sombra apenas de lo que fue permanezca en algunos de sus rasgos. Y An también me dice ahora mismo que Rita no ansía estatismos ni inmortalidades. Simplemente pretende que la imagen engañe el peso del destino y así poder levantarse cada día, con un pasado cada vez más lejano, cada vez más añejo, más profundamente descartable.
La imagen es de Nirali.

martes, 30 de diciembre de 2008

CENICIENTA

¿La vieron a Dolores Urquiza Echagüe, mezclada entre la glamourosa multitud de los personajes del año, en la tradicional portada de la Revista Gente de Navidad?.
Si dicen que sí, mienten. Porque ese era el gran sueño de Dolores. Sueño que se frustró tragicomicamente en la entrada del lobby del Hotel Alvear, el día de la famosa foto, igual que la carroza de Cenicienta.
Ella soñó con esa portada desde su tierna infancia, desde que le contaron que su tía segunda, Marcia Alcira Paz, formó parte de la misma en 1978, cuando era una modelo cotizada de una famosa marca de cigarrillos. Tal vez por esa única razón Dolores abrazó desde temprana edad la carrera de modelaje, más allá de ciertas ventajas que fueron apareciendo después y que ella a su vez observó, compró y degustó, y que ahora no vienen al caso.
Les cuento.
A mitad de este año ella conoció a su salvador en un exclusivo boliche de Palermo. Ella estaba en el VIP, invitada por una marca de ropa interior. En las diminutas mesitas de caoba había sushi, quesitos y ostras con champán. Él la vio, se acercó con dos daikiris en las manos y se presentó; primero como un empresario a secas, después, cuando la charla ya navegaba en aguas de confidencia e intimidad, como uno de los nuevos popes de Editorial Atlantida. Era un muchacho de mirada gris y sonrisa lustrosa y perfecta, que a Dolores le gustó de entrada. El resto fue un trabajo fino, de los dos. Cada uno consiguió del otro lo que el otro podía darle. Él, esas piernas perfectas que parecen no acabar nunca y que dan vértigo; también el íntimo contacto de su cabellera rubia rozándole el pecho en el momento más precipitado del amor. Ella en cambio le arrancó la certeza de la tapa y la promesa de un sobre blanco con ribetes dorados: La invitación a la fiesta.
El sobre apareció el día menos pensado, en manos del portero: Era la última semana de noviembre. Las noches previas al gran acontecimiento Dolores los utilizó para prepararse: Peinados, maquillajes, vestidos, zapatos, joyas, carteras, etc. Fue probando cada prenda, cada perfume, cada joya con una ansiedad que le marcaba en el rostro una mueca casi de pavor, hasta que quedó conforme. O al menos se auto-convenció.
Una limusina blanca la pasaría a buscar por su departamento, así decía la tarjetita del sobre blanco.
El día soñado al fin llegó y ella esperó su limusina con impaciencia, pero esta nunca apareció. No le importó, tomó un taxi y se fue sola con su vestidito rojo y su sobre dorado y sus zapatos de Ricki Sarkany hasta el hotel Alvear. Cuando llegó, algunos personajes ya estaban arribando entre flashes, guardaespaldas y pedidos de autógrafos de cholulos. Vió actrices, actores, políticos, músicos, piqueteros conchetos del gremio agropecuario y todo el gataje más codiciado de toda Buenos Aires.
Cuando se disponía a ingresar la gente de vigilancia la detuvo. El sobrecito no correspondía al de las invitaciones y ella no figuraba en la preciosa lista. "Debe haber un error", increpó, nerviosa, a uno de los gorilas que le impedían el paso. "No, señorita, no hay", le respondieron. Entonces Preguntó por el pope de la Editorial y dio su nombre. Nadie lo conocía, nadie lo había visto jamás. Roja de vergüenza Dolores comprendió que había sido engañada. No supo que hacer. El momento más trascendental de su vida estaba ahí, al alcance de la mano, a punto de suceder, y no quería perdérselo por nada.
Entendió que estaba perdida, una lágrima tonta y negra comenzó a bajar solitaria por su mejilla. Ahí vio las cámaras de televisión, observó a los noteros de los programas de chimentos haciéndose bromas, vio a un gato famoso y oxigenado bajarse de una limusina blanca y dirigirse a la entrada del hotel. Entonces tuvo una puntada de lucidez y se le ocurrió la idea. Supo que esa era su gran oportunidad de trascendencia. Le apuntó con el dedo al gato y gritó algo para que todos oyeran. Se le tiró encima con una excusa cualquiera, la tomó de las mechas de falso color amarillo, y ambas rodaron por el piso. Pero Dolores no consiguió su cometido. Ella observó, en el fragor del forcejeo y mientras dos guardias trataban de separarlas, como las cámaras giraron hacia otro sector y se desentendieron del conflicto. Es que para acentuar la desgracia de nuestra amiga, en ese preciso momento llegaba un auto negro, lustroso y con vidrios polarizados, conducido por Marcelo Tinelli, el Dueño del Rating de la Televisión.
Dolores volvió esa noche a su casa mordiendo su derrota, sin su sobre dorado, rasguñada, con el rímel corrido y las medias rotas.


la imagen es de MINIMALISTIC
GLAMOUR 1.0

domingo, 28 de diciembre de 2008

EL AUTOMÓVIL DE DIOS

Estoy asustado. No sé realmente si este foro es el apropiado para develar semejante intimidad, pero es así, estoy muy asustado: creo que Dios murió.
Y no piensen que estoy haciendo un planteo filosófico, metafísico o algo parecido.
No.
Hablo en serio.
Les cuento.
Romina Hernández Villalba, la coladora de pastillas más voluptuosa que conocí en mi vida, estuvo de gira por boliches de Buenos Aires.
 Y aterrizó —soñolienta, descolocada y deprimida— la madrugada del 26 de diciembre en nuestra casa.
Ella exhibía en los ojos un estigma de cansancio que le conozco bien, y un velo en la mirada.
Ella dijo que vio a Dios.
Y lo dijo con una lucidez que, en su estado, daba cierto vértigo.
Dijo que Dios le habló,  y que lo hizo en un idioma tangible, memorable, poderoso y artificial, sin menosprecios ni censuras, como a ella le gusta.
Romina canta en una banda de rock con unos guitarristas melenudos, canosos, y patéticos de más de cuarenta.
El público que asiste a verlos es caricatura de sí mismo, pero de veinte años atrás.
Ella es una princesa de minifalda negra y sandalias escarlatas en ese olimpo pagano de tipos venidos a menos, de cocaína cortada, de miseras a destiempo.
Romina Hernández Villalba dijo que Dios le proveyó de lo necesario para que su vida no cayera en un pozo negro y sin fondo: un caramelito de esos que duran una eternidad y que se deshacen en la boca despacito, como en un sueño.
Y después dijo que él partió para siempre en un Rolls-Royce descapotable, por avenida del Libertador.
Contó también que la pastillita dejó su huella,  y ahora a Dios no lo encuentra por ninguna parte.
Yo le preparé un buen desayuno, le llené la tina de baño con unas sales especiales, le presté una bata de mi mujer y le dije que no sería difícil dar con un Rolls descapotable en plena Buenos Aires, que no se preocupara.
Lo que no le dije es que puteé por lo bajo.
Ella hizo un gesto raro —que no entendí ni traté de entender— y no dijo nada más: se quedó pensando largo rato hasta que se durmió.
La dejé en casa.
Salí a la calle a respirar un poco, a ordenar las ideas. Caminé por Recoleta, anduve por una vacía Plaza Francia de fin de año. Tomé Libertador, y pasé por el trunco monumento a Eva Duarte de Perón. Al llegar al edificio del ACA un cordón de motocicletas policiales cortaba el tránsito de punta a punta. Una ambulancia hacía sonar sus sirenas, dos carros de bomberos se incineraban bajo el sol,  y un auto destrozado era arrancado a fuerza de grúa del asfalto recalentado.
El auto estaba irreconocible, sólo permanecía intacta la particular insignia Espíritu de Éxtasis, que identifica a la marca, y la famosa parrilla delantera.
—Al final —dijo uno de los policías, mientras encendía un cigarrillo— lo único que queda de las cosas es el espíritu, inclusive en los despojos de un automóvil que nunca tuvo un palmo de vida .
¡Claro! pensé, el espíritu permanece. El espíritu es lo único intacto que puede remitir a un hombre, a un perro, a una planta, a un objeto, o a la mismísima divinidad.
Seguí caminando. Me pregunté otra vez cuántos Rolls-Royce, como el que acababa de ver totalmente destruído, podían existir en Buenos Aires.
Me pregunté —todavía me lo pregunto— si ese auto no sería el auto de Dios.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

CARLA, EN EL BORDE

Carla, una de las tantas amigas de An, está, como tantas amigas de An, podrida en guita. Pero eso le genera algo de culpa. Su papá tiene acciones aquí y allá y renta departamentos en Puerto Madero.
Carla siente culpa por su Porsche descapotable, por su cabellera rubia natural, porque cada fin de semana no se decide por el Country de Tortugas o su campo en San Pedro; siente culpa por los quinientos dólares mensuales que le valieron su licenciatura en la Facultad de Belgrano. Pero sobre todo Carla siente culpa por sus zapatos: Ella tiene una de las colecciones más caras y numerosas de toda Buenos Aires. Por eso ella se levanta todos los días a las ocho de la mañana, se mete en un taxi de confianza y se va a algún barrio carenciado de Capital Federal.
Carla hace trabajo voluntario. Le lee cuentos a los niños en los comedores escolares.
Todo esto empezó hace un año atrás. Ella estaba muerta de miedo y de curiosidad, cargó una decena de libros en su Porsche descapotable, una bolsa de mercadería no perecedera, empuñó el volante y partió hacia la villa 21 de Barracas, donde debía completar su residencia. Apenas estacionó su auto sobre la calle de tierra comprendió que venir en él había sido un grave error . Sintió miradas que se clavaban en su nuca, y en otras partes. Miradas descaradas y curiosas. Ya era tarde. Llegó al lugar, un lugar limpio, repleto de mesas y de sillas y con una enorme cocina. La hicieron esperar, le acercaron un vaso de agua. Se sentó en el piso en el medio del salón y una veintena de chicos la rodeó. Estaba nerviosa. Saludó, se presentó, leyó y escuchó. Sobre todo escuchó. Abrazó y se dejó abrazar por esos pibes que la miraban como a una reina de cuento. Ella leyó y todos escucharon y preguntaron y se rieron. Al final de la jornada una nena le pidió un beso. Carla nunca antes en la vida se había sentido tan feliz.
Al salir el corazón le explotaba en el pecho. Estaba exultante y dichosa. Llegó a donde había dejado el Porsche. Tres pibes lo rodeaban y lo miraban como si fuera una nave espacial. Uno le dijo: -"Doña, se lo estábamos cuidando, eh". Ella les sonrió, buscó las llaves y se fue.
Hoy ese comedor está por cerrar y los maestros están en plan de lucha para que esto no ocurra. Carla está con ellos, con su vincha de la CTA y su cabellera rubia natural. Ella pidió a su papá que mueva alguna influencia, pero no se puede, o no se quiere.
Carla está dispuesta a todo, incluso a resistir hasta las últimas consecuencias.

lunes, 15 de diciembre de 2008

NORMA, DE REGRESO.


¿Vos la conociste a "la Arrostito"? —me preguntó An, mi mujer, con una inocencia conmovedora.
Le dije que sí, que no personalmente por supuesto, pero que sabía de su existencia y de sus peripecias en la política Argentina de los 70.
Yo era pibe, pero todavía recuerdo el torbellino en que naufragaba la república por aquellos días. Y conservo algunas colecciones de los diarios de esa época en algún armario de mi casa.
Pero An quería saber más. Ella conoció de la existencia de Norma Arrostito por el documental de César D'Angiolillo, que iba a ser estrenado en el Malba y una amenaza de bomba frustró.
An quería ver el documental porque le hablaron muy bien del director, aunque en verdad no siente mucho apasionamiento por el pasado. Su juventud y su energía le dictan que lo único que importa es lo que está sucediendo en este preciso momento, así que ignoraba casi por completo algún dato de quien fue en vida "Gaby, la montonera".
Entonces ella clickeó en Wikipedia, y allí encontró una breve biografía con la foto que ilustra este post.
Yo me reí, porque en mis tiempos para buscar información había que ir a la biblioteca, hacer largas colas, investigar, romperse los ojos y la cabeza. Claro que en mis tiempos no había celulares, internet, notebooks, y An estaba recién nacida.
Mi mujer se apasionó con la vida de Norma Arrostito. Leyó con avidez cómo pasó de formar parte de un inocente grupo estudiantil a convertirse en cuadro esencial de la que sería la organización guerrillera mas famosa del país.
No puedo creer —me dijo— que una pendeja como ella concibiera, ejecutara, y narrara minuciosamente los mecanismos de un plan para secuestrar y matar a un ex presidente.
An, que no está a favor de ninguna muerte, que sospecha que la política es un complicado juego despiadado y cruel , se conmovió con el amor de Norma y de Fernando. Por eso ella se enfundó en el vestido negro, buscó y rebuscó entre sus pilas de cajas de zapatos, hasta que encontró lo que quería. Se maquilló frente al espejo del baño y telefoneó a su amiga Isabel, que la pasó a buscar en su auto y juntas partieron hacia el Malba.
Las chicas llegaron sobre la hora, como siempre. La sala estaba repleta, y An seguía conmovida. Tenía a mano una importante provisión de pañuelos de papel, por las dudas. Pero cuando la luz se apagó, y la respiración de los presentes se hizo más pesada, alguien anunció que la función se suspendía.
Los hicieron salir, y entonces se enteraron de la amenaza.
An estaba un poco decepcionada, pero Isabel la alentó a que no desperdiciaran la noche. Juntas se fueron a pasear en auto por Avenida del Libertador, para ver si encontraban algún bar como la gente.

domingo, 14 de diciembre de 2008

VERANEO

¿La vieron a Carmencita Olivares Reyna?
Si ahora se dan una vueltita por la barranca del Parque Las Heras, seguramente la van a encontrar todavía ahí, con su perrita yorkshire que es idéntica a ella, cocinándose al horno de este sol de este incipiente y ensañante verano. An, mi mujer, se la cruzó este mediodía, cerca de las once y pico. Carmencita estaba ahí desde las ocho, cuando todavía unas nubecitas tímidas empañaban el cielo, después de la lluvia. A las once y pico no. A esa hora el sol estaba radiante, dispuesto a arder la vida entera, y Carmencita mitigaba su tristeza entrecerrando apenas los ojos.
Ella le contó a mi mujer que su marido tenía puesta toda su guita en unas acciones de no se qué importante automotriz multinacional. Y entonces se vino la crisis de golpe y hoy esos papelitos valen menos que un boleto de esos bondis que ella nunca tomó.
El tipo le dijo sin piedad que este año veranean en el país, que ni loca piense en Punta, que a lo sumo alguna escapadita a Mar del Plata quince días.
"¿Vos te das cuenta?" - le dijo Carmencita a An, mi mujer, que se encogió de hombros, hizo un gesto ambiguo y se calzó los lentes negros para que el sol no le perforara los ojos.
Carmencita es hija de Federico Olivares, dueño de una cadena de estaciones de servicio, que también andan con problemas. Parece que se viene un fin de año complicado para mucha gente.
Mientras ellas estaban charlando pasó un tipo con una barba hasta el piso, vestido con tanta ropa como para ir a la Antártida, que cargaba una enorme bolsa de arpillera y revisaba los cestos de basura.
"Esto está cada vez más lleno de negros" - dijo Carmencita Olivares Reyna, mirando apenas de reojo como la barranca se iba llenando poco a poco: viejos más blancos que la leche con reposeras multicolores, paseaperros bronceados y musculosos, adolescentes cargando cajones repletos de cerveza.Mi mujer le dió un beso en la mejilla y volvió a casa por Coronel Díaz.