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sábado, 10 de julio de 2010

LA NOCHE DE LAS FIERAS


este cuento fue publicado en la edición cultural del Diario Perfil


A veces Violeta se pone de espaldas. No la ves, pero está ahí, con sus labios pintados, rojo furioso. De espaldas a la ciudad ella imagina un destino de fiera agazapada, de felino que trepa sobre el filo de la noche.
Violeta husmea en la basura, en las bolsas mugrientas. Inaugura en cada crepúsculo el hálito sumiso del hambre, la mansedumbre de lo que no fue.
Compañera de la noche, ella se acurruca en el porche de un edificio de lujo, para que la luna la bese en la distancia, esquiva, reconcentrada, iluminada de desolación con la marca de la muerte.
Una gata en celo arquea su lomo frente a Violeta, y una multitud de estrellas se avecina junto al agua oscura del cordón de la calle. La canaleta exuda un simulacro de navegación: los excrementos de la ciudad. La mierda que quieren ocultar en la luz del día iza sus velas en la noche. Esa singular embarcación emprende el viaje solitario hacia la esquina muda, y desemboca en un mundo siniestro, donde media docena de ratas roen desechos que las justifican.
Violeta se acurruca contra al vidrio iluminado. Un hombre ruge desde adentro. La voz que rebota contra la puerta, fauces acechantes. El hombre la observa, se agazapa. Lleva un bastón pegado a su cadera. Y una gorra, como de policía. Ahora el hombre levanta su mano hacia ella: ¿una garra voraz, o es la luz poderosa que confunde las realidades?
La realidad, Violeta: un animal salvaje que te levanta la pollera, que merodea tus muslos con su lengua áspera, que escarba aquello que oculta tu pudor, y que puja y se enciende ante tus piernas abiertas.
La realidad: ese hombre de ojos hambrientos que te hace señas, que amenaza con saltar sobre el picaporte para lanzarse sobre vos, Violeta, muda, límpida, inofensiva en el umbral.
Ella intuye que en cualquier momento deberá levantarse, que las intenciones de él no se limitan a la mera intimidación. Violeta deberá recoger bártulos y desesperanzas, y cruzarse al amparo del Parque Las Heras.

Son horas rotas, Violeta, nada que hacer, nada que ver, nada en donde desmoronarse ahora, madrugada extraña, solitaria, extrema.
La luna gira: un espejo en la soledad de los cuerpos que deambulan a estas horas. La pareja que se sienta en el banco —el sabor de sus besos, la voracidad de sus caricias te traspasa—. El tipo que pasea el perro en la negrura desolada. Una botella que grita su vacío.
Sólo ella, Violeta, la luna, la calle, las migajas de sueño. Lo sucio, lo bello. Nada.
Violeta recostada en el pasto, de cara al cielo, no ve al tigre que se acerca, no huele su hedor de selva. El tigre, sigiloso, relamiéndose entre maldiciones, sube por Salguero. Deja atrás la placa que conmemora a Valle: tiene a tiro a Violeta. Corre. Sediento de sangre y de vida se arroja sobre esa presa que no lucha, que se entrega con una convicción que ni ella misma entiende.
Y el tigre la cubre con su lengua, con sus patas, con su cuerpo de tigre, con sus rayas borgeanas que nombran el universo entero.
Y luchan ahora. Ahora sí. Ahora le hierven a ella las entrañas, el instinto de supervivencia.
Y el calor de la sangre acude a los poros de la piel, a la boca de Violeta, a los pelos de punta del tigre.
Es noche de luna, debió presentirlo, debió darse cuenta. Pero es tarde. Ya el tigre ha saciado su hambre, su sed de carne y alma. Violeta, con la noche, con la luna, recoge sus bártulos y su desesperanza, sola en el pasto, aguarda. Se duerme.
Sueña.
Sueña que está viva, que su corazón late, que es de día, que el sol se alza entre los edificios, y que la noche está ya lejos, muy lejos, en donde un tigre la devora.
El tigre, sigiloso, relamiéndose entre maldiciones, sube por Salguero.
la imagen fue extraída de http://ojosdeunsologato.blogspot.com/

lunes, 21 de junio de 2010

OFRENDA

¿Y si después de morir no hay nada más?
No preguntes, Porteño, la respuesta es tan obvia que da vértigo.
El Porteño más porteño de todos se ríe. Observa el folleto: "Tú puedes salvar tu vida, entrega tu corazón al Señor"
Y si después de morir...
No. ¿Para qué? Hacerse esa pregunta es trampear al destino, pedirle peras al olmo, como dice el refrán popular.
Pero si después...
La ginebra arde en la garganta como un suspiro de invierno. En el café motea la nieve de la incertidumbre.
Yo también —le digo al Porteño— a menudo tengo la sospecha de que algo sucederá. Como ese pibe, también ando a veces a la búsqueda de un sentido.
El porteño lo mira con sorna.
El muchacho—Biblia en mano— vocifera un catalogo de atrocidades, de vicios y depresiones del que huyó entregando su corazón...
Y se salvó.
Se salvó porque entregó su corazón.
Abrirse el pecho, Porteño, agarrar así, un cuchillo, y descuajarse el corazón y ponerlo a latir ahí, sobre la mesa del Arrufat.
¿Ves? No cuesta tanto. Un tajito, un chorrito de sangre que mancha el piso del boliche. Nada del otro mundo.
El Porteño se queda mirando ese amasijo informe que late sobre la mesa. El chorro de sangre salpicó las paredes del bar, las mesas linderas, que por suerte están vacías.
Angelito, el más viejo de los mozos, me increpa, pregunta si me volví loco.
Me insta a que saque esa porquería de la mesa y me la vuelva a meter dentro del pecho, donde corresponde, o me va a echar a patadas.
Le hago un corte de manga.
Levanto el corazón con mi mano izquierda, chorrea a mares, pero late constante, fuerte y decidido.
Se lo exhibo al muchacho de la Biblia, como una ofrenda.
—¿Está bien así, amigo?
El pibe se tapa la boca para no vomitar. Opta por irse.
No muchacho, en este bar la condenación eterna no se subasta. Aquí, hasta el más despabilado asume su infierno.
"Tú puedes salvar tu vida" .
Con algunos folletos envuelvo el corazón y lo coloco otra vez sobre la mesa.
Angelito viene de mala gana. Trae un balde, un trapo, y detergente.
El Porteño se ríe.
Termino mi ginebra, me paro, me coloco el sobretodo y lo saludo apenas con un gesto.
—¡Che, qué carajo hago con esto!— me grita Angelito, mientras señala el envoltorio ensangrentado.
Me encojo de hombros.
Salgo a la calle.
El frío arrecia en la noche solitaria.

La imagen fue tomada de http://imagendeamor.blogspot.com/

domingo, 11 de abril de 2010

MAÑANA EN EL ABASTO

¿Qué es lo que Flavia ansía encontrar a esta hora?
¿A qué destinos pretende arribar?
El sol lento se posa sobre los adoquines. Las escaleras del subte B amanecen silenciosas, con ese lánguido aire de domingo, aburrido y melancólico a la vez.
Ocho de la mañana.
Pibes borrachos que regresan a sus casas, que mean los portales de las casas vecinas, que miran a los ojos con ínfulas de rebeldía.
Dan ternura. Uno también caminó los veinte años y se tragó todo ese rollo.
¿No, Flavia?
Ella se ríe. Sentada en un umbral mugriento, enciende un cigarrillo.
—tengo que dejar de fumar —dice— tal vez hoy sea el día indicado.
Tal vez.
Y expulsa el humo, displicente.
Flavia extrae un espejito de su cartera y se retoca el maquillaje, se acomoda el vestido, y mira hacia el sol, tomándose las piernas.
Yo dejé de fumar hace rato, pero el aroma dulzón de los Parliament se cuela en mis pulmones y me marea, me entrecierra los ojos y me ondula en la ensoñación de la mañana.
Le cuento a Flavia que escribo en dos blogs, que tengo un tercero que se llama "Lengua Rollinstonera", pero que en realidad no es mío, sino de Mister Hyde.
Se ríe, se acomoda el corpiño, las tetas se sacuden en un rítmico vaivén.
—¿Me vas a contar? —le pregunto.
Y me cuenta. Me habla de una infancia en Los Toldos, de una casona con un jardín en el fondo, de enormes amapolas. Me habla también de un abuelo de bastón y mecedora, contando cuentos frente a la chimenea de la sala.
Luego el colegio primario, y el secundario a dos cuadras. Sus sueños de estudiar abogacía en Buenos Aires, el noviazgo inaugural, la cargada de los compañeros, al principio tímida, después feroz.
—Pueblo chico, infierno grande— digo, transitando el más común de los lugares.
Y me siento estúpido, mucho más estúpido que los tipos que buscan el calor de Flavia por las noches, que paran sus automóviles en la esquina de Sarmiento y Agüero, que pelean el precio con uñas y dientes, y que después se pegan un baño para regresar a sus casas limpios, inmaculados, asépticos. Con la suficiente impecabilidad como para besar a sus hijos y a su esposa, sin que la hipocresía se les filtre por los poros.
Flavia se ríe.
—Es qué lo peor me pasó aquí, en Buenos Aires— dice.
Y cuenta otra vez. Tiene ganas de hablar. Habla como si se tratara de una conversación iniciada en otro tiempo, en otro sitio.
Cuenta los cuesta arriba, la mojigatez enorme de esta ciudad enorme, las frustraciones, la carrera de abogacía que ni pudo comenzar, los sueños rotos.
Me muestra sus documentos: Marcelo Antonio Hechegaray.
—Pero ese no soy yo —explica— de eso estoy bien segura.
Me río yo también, y acepto el último Parliament que le queda en el paquete.
Sé que no le importa.
Sé, también, que hoy ha fumado su último cigarrillo.

viernes, 5 de marzo de 2010

EL PLAN

Y yo le dije que era imposible.
¡Es imposible! —le dije—, estás loco.
Y apenas me miró por encima del cortado.
De vuelta en el Arrufat, Paco Arístides Rojas, escritor, me contó su plan.
Cuando terminó, bebía mi último trago de wisky berreta.
Hablé sin vacilar:
— No sirve, Paquito, hay que tener agallas, no vas a poder.
Lo dije a propósito, para provocarlo, para que le doliera. Y me miró con furia.
Si algo tiene este hombre son precisamente agallas, huevos, garra, o como quiera llamársele.
Y también posee la rara virtud de la tozudez. Pero, ¡claro! abunda en el defecto más terrible de todos: el de la esperanza.
Y ahí radica el punto.
Él me contó que tenía todo calculado: los horarios de la casa, las costumbres, las excusas, los momentos propicios...
— ¡Y luego un balazo en el corazón, que se cague el tipo!
Así lo dijo. Golpeando sobre la mesa.
Me reí.
— Vos sos incapaz de matar una mosca —le murmuré.
— Este tipo se lo merece, es un farsante —me contestó
— Tal vez se lo merezca, no lo niego. Pero yo dejaría que el tiempo cumpla su fatal designio. Tarde o temprano la muerte tomará las riendas del asunto, sin utilizarte a vos como instrumento.
— No —se enojó—. Tiene que ser ahora. Termino el cortado, voy, y le meto un tiro.
Se levantó.
Antes de partir me desafió a que mañana leyera los titulares de los diarios, que pusiera C5N, o Crónica TV, que es más sangriento.
El escritor Paco Arístides Rojas salió a la calle, se tomó un taxi, y se perdió por Santa Fe.
Yo lo imaginé en esa travesía taciturna: la mirada distraída en el zoológico urbano. El taxi agarrando por el bajo, la casa de gobierno.
Imaginé a Paco llegando al departamento de Defensa y Carlos Calvo, saludando al portero como si tal cosa.
Lo presentí subiendo en el ascensor al sexto piso.
Lo imaginé extrayendo el llavero del maletín, girando la llave con dos vueltas: la sala oscura, la casa silenciosa. Herminia todavía no regresó — Él ya lo sabía—.
Lo vi —sin verlo— entrar en la habitación, encender la luz del velador, sacar la Colt del cajón de la cómoda, y descerrajarse un tiro en la boca .
Porque el escritor Paco Arístides Rojas planeaba matar a Paco Arístides Rojas. Ni más ni menos.
¿Lo habrá logrado?
Yo creo que no.
Paquito atesora virtudes abundantes, ya lo dije. Virtudes que no excluyen el coraje. Pero posee el peor de los defectos: la esperanza.
Y como expliqué antes, ahí se abre la grieta.
Si ustedes quieren, mañana examinen los titulares de los diarios.
Yo no.
A mi no me acompaña el ánimo.

miércoles, 20 de enero de 2010

MARÍA DEL CARMEN SUÁREZ


Allá, por finales de los años ochenta, la conocí.
No a ella personalmente, pero sí a su obra. Conocer la obra de alguien es hurgar en su costado más apasionado, asistir a sus desnudeces íntimas con esa impunidad que brindan el anonimato y la no presencia.
Conocer a una persona, junto con su obra, es contraproducente: termina contaminando la propia percepción, culpa de la rutinaria cotidianidad.
El poeta Jorge Arrizabalaga —¿Por dónde andarás, hermano?— me la presentó.
Verano de 1989.
Nos aburríamos los dos en un café de Villa Ballester, dándole sin asco a la Quilmes Cristal, cuando el tipo peló del morral aquella cartulina color verde agua, donde se podían observar algunas letras rojas. En esas hojitas esperaban aquellas poesías memorables.
Las llevé conmigo.
Las atesoré en cajones donde pensé que no podían extraviarse. Pero las continuas mudanzas hicieron lo suyo. En alguna de las casas que habité habrán quedado, junto con tantas cosas.
Pedazos de aquellos versos resistieron en mi memoria. Intentaba evocarlos, y a veces lo conseguía. Otras falseaba alguna línea ,o una estrofa entera.
La magia de internet me ha devuelto aquellos poemas, para alegría de mi alma.
Aquí quisiera compartir uno de ellos.


RIVALIDAD EN EL ESPEJO (María del Carmen Suárez)

Yo no te amé
fue otra la que cava con sus manos en la ceniza de las tumbas
la que aúlla en la noche donde la sangre rueda por sus rodillas
yo no te amé
fue la que perseguiste en los espejos
cuando se escapaba en las tardes
a matar la sombra de los adversarios.

Hoy venís a buscarla
no la conozco
percibí alguna vez su perfume en la habitación
y supe que era hermosa y se perdía en la oscuridad
soy apenas una admiradora lejana
que alguna vez intuyó su voz en esta casa
ni siquiera puedo contarte episodios de su vida
porque esconde detrás de sus ojos un destino inaudito
que nadie tratará de indagar
la busco entre las plantas en el mercado del viento
reviso los muebles para sentir sus huellas
me baño en el mismo lugar para tratar de embellecerme
solo encuentro un hálito de traición
una ternura que flota y me sumerge en el olvido
yo también quisiera auscultar sus enigmas
y desterrarla de estos reinos
que me cuente de una vez todos los viajes
y esta ausencia que crece
quisiera curar sus cicatrices
mirarla mientras duerme
extraerle las flores del pelo y aprender su lujuria
los ritos que me contás hace con su cuerpo
y se esconde después
yo no te amé
fue otra
esa mujer que buscarás en vano
lleva en su carne los signos de otros mundos.

jueves, 17 de diciembre de 2009

FIESTAS


El primer recuerdo que Sergio tiene de la Navidad se remonta —como en la mayoría de la gente—, hacia aquellos primeros años de infancia. Nos cuenta que en el comedor amplísimo de su casa se servía la mesa suculenta: pollo asado en la parrilla del fondo, tomates rellenos de atún, chivito traído especialmente desde Córdoba.
Tíos, primos, padres y abuelos comían y bebían hasta hartarse, esperando que toquen las doce.
Y las doce tocaban por fin, y comenzaba la verdadera fiesta. Había que buscar en el jardín, y en los jardines de la cuadra, y en el fondo de los patios de las casas vecinas, lo que el Niño Dios había traído para él y los otros chicos.
Sí, el Niño Dios, y no otro. No Papá Noel. No Santa Claus o alguna otra especie de payasote gordo y mercantilista, montador de trineos.
El regalo de Sergio y el de todos podía encontrarse en cualquier parte: en su propio patio o en el patio de al lado. Hallar, debajo de un naranjo, o de un laurel, o escondido en el tumultuoso yuyal del potrero de enfrente, un caja grande con un enorme moño, equivalía a una magia que no tenía empardes.
Sutilmente el Niño Dios había pasado, en silencio, y había depositado los obsequios sin que nadie lo descubriera.
Sergio dice que después creció, y entonces aparecieron los amigos del barrio: los pibes. Y ya la mesa familiar había disminuído de asistentes. Mudanzas, muertes y cuestiones del cotidiano vivir fueron achicando la algarabía, y ensanchando la nostalgia.
Pero aún quedaba la calle y los inofensivos triangulitos comprados en el kiosco de la vuelta. Los rompeportones reventando contra el porche del vecino, y la metralleta en el cordón de la vereda, que hacía un ruido infernal.
Encender la mecha, arrimar el fosforito, y correr, correr sin parar, y después quedarse mirando el chisporroteo fugaz de la magia chiquitita, la posible. Tomar las sobras de las copas de sidra, y emborracharse juntos, con los compinches, apoyadas las espaldas contra los pilares en sombras, sin entender todavía ese sabor de la hermandad temprana, pero aceptándolo con toda la piel y con todos los sentidos.
Y los años pasaron enormes, y los pinos encendidos se quedaron solos, con sus regalos sin abrir, y la mesa con turrones permaneció intacta.
Fue el tiempo y su fatal mecánica—dijeron algunos
Fue el tiempo, pero también fui yo— nos dijo Sergio
Nos dijo también que hubo un 25 de diciembre en que salió a la puerta, y los cohetes no estallaron, y el bullicio del barrio estuvo ausente.
Dijo que ese día partió a la casa de su primera novia, para el brindis. Y que vio las calles demasiado oscuras, y que observó un cielo sin sus antiguas luminarias, sin sus estruendos poderosos.
¿Qué había sucedido?
¿Qué monstruo infame y voraz se había llevado las sonrisas, la mesa repleta, la borrachera compartida, los amigos?
Sergio caminó esa noche, con las manos en los bolsillos. Caminó entre esa tiniebla absurda de aquel raro espejismo. Y de golpe vio, o imaginó, que todo había sido así desde siempre y para siempre, y que era él quién se había transformado en otro.
Entonces algo se le rompió bien adentro. Y aunque iba a ver a su primer amor, y la chica en verdad le gustaba mucho, se sintió triste por primera vez, en una fiesta.

domingo, 29 de noviembre de 2009

GENESIS

Estaba todo por hacerse
todo por imaginarse
Las cosas no tenían nombre, las inventamos las
hicimos con el furor de la palabra con
el sagrado fuego de la pasión.
Estaba todo en un horizonte mágico
todo en la bicicleta del futuro
y el
futuro no había llegado.
Dónde andará el que fui
y los que fuimos
en qué rincón oscuro gritará mi nombre y nuestros
nombres
buscando quizá el anónimo resquicio
la foto amarillenta que dibuja sonrisas.
Dónde el verano aquel
dónde la sangre a pleno en el fluir constante
de los amaneceres.
Estaba todo por alumbrarse
todo por ser
y en los espacios siderales y en los
nubarrones de la sal de los sueños
andarán todavía en un
tiempo sin tiempo aquellos que no fuimos
y que quisimos ser,
aquellos que han anclado en resplandores mudos
en espejos andantes
y en los hijos
que vendrán todavía
y en lo que queda por nombrarse
Las imágenes son del álbum de fotos de Ángela Prieto

miércoles, 25 de noviembre de 2009

MONEDAS, SOLO MONEDAS...


La noche no me absuelve de mis pesadillas diurnas.
La noche: otro coctel delirante y opresivo.
Llueve.
Podría hacer de mí un ser extraordinario
o un poeta de la circunstancia.
Pedazos.
Nada más que eso entre el deseo y el nudo.
Sólo trozos y circunstancia.
Y todo esto para contar que ayer volvía de un café de la calle Charcas, mareado por el sueño —y el tequila—, y un pibe me pidió una moneda.
El pendejo era mayor que el tamaño de su cuerpo, pero la desnutrición había hecho bien su trabajo.
Pensé en el Zahir borgeano. Imaginé un universo de chelines antiguos. Un botín en una isla desierta. Un cofre de doblones de oro.
Nada.
Nada que hacer con un pibe que pide monedas, que se fumará un paco que él llamará con otro nombre, el nombre verdadero, el nombre cruel e inequívoco, porque la palabra paco es para Crónica TV y para la vieja que busca precios bajos en las góndolas de Coto.
Llueve.
La calle se moja de aquello que el cielo no resiste atesorar.
Lágrimas de níquel sobre los adoquines brillantes.
Podría estar así, con el tiempo rodando de canto, en un cara y seca ficticio, pero revelador.
Podría ser el pan de tu mesa, o ese sueño que se arroja hacia arriba girando y girando y que nos arrebatará la suerte, según como caiga.
—Si te doy un peso, ¿qué vas a comprarte?
Me siento mentiroso. Hipócrita. Triste.
Siento la vejez sacudiendo mis sentimientos.
Veinte años atrás me hubiese sentado con él, a tomarnos un vinito, o a fumarnos esa cosa que tiene otro nombre.
Rebusco en mis bolsillos, boletos viejos, un ticket de tienda, un papelito con un número de teléfono, monedas, monedas...
No resisto la tentación de mirar esos ojos, no puedo apartar la mirada de esa mano que puede meter caño, púa, o, simplemente, pedir una moneda.
La noche se despeja. Algo de viento sopla y las nubes son Titanics que naufragan a contraviento.
El pibe se va.
Me apresuro por esos caminos de Dios. Abandono el cordón de la vereda y me siento a bordear mis pensamientos.
Escribo.
Desahogo esas lágrimas que ya no verteré.
Cuando el sol vuelva a salir, cuando la ciudad deslagañe sus ojos perezosos, yo sabré qué hacer con mi moneda.

lunes, 2 de noviembre de 2009

PA' QUE BAILE EL VECINDARIO


Dicen qué el Sergio y Miriam fueron a contar cuentos al barrio de la infancia de él (del Sergio).

Y dicen que dicen qué era sábado de tardecita, y llovian unos gotones que daban miedo, y que además los rayos caían como filo de cuchillo.

Dicen, también, que fue en la antigua sociedad de fomento o "Caja de Ayuda Mutua", actual Biblioteca Popular José Murillo.

Y cuentan las vecinas y los vecinos que asistieron esa noche que el Sergio creció mucho y que el tiempo pasa sin que uno se dé cuenta. Y que además la chica que contó con él era una "crack", y cosas por el estilo.

Lo cierto —y esto no lo dijo nadie porque nadie lo supo— es que el Sergio volvió a oler ese aroma a pasto verde y a potrero y que algo dentro de su pecho se desgarró. Lo verdadero, lo importante, es que los antiguos vecinos fueron a escuchar historias que ellos conocían bien porque allí habían sucedido, y se rieron con las ocurrencias de Miriam, y se emocionaron y festejaron.

La gente de la Biblio trabaja para que el barrio florezca y vuelva a tener identidad. Cuidan de los pibes, les enseñan fútbol y ajedrez, le dan apoyo escolar, talleres, y ya planean realizar bailes de carnaval, como antes. No es sólo una biblioteca, son un montón de corazones capaces de contener el vendaval que se venga, porque poseen ideales y los vuelcan en la realidad.

El sergio volvió a ver a Carlitos y a Norma y a Carmen y a un montón de gente, padres de "pibes" que, como él, ya no viven en el barrio. Y sintió ganas de remontar barriletes como antaño, o de llamar al Ruben o al Marcelo para ir a jugar a la pelota, o de pedirle a su viejo que lo disfrace de Batman y se fueran juntos por ahí, con la bici "Legnano" rodado veinte.

Y claro, por supuesto, se sintió cursi de pensar todo eso.

Pero le importó un carajo.

jueves, 29 de octubre de 2009

CITA A CIEGAS

La vi.
La vi desde la ventana opuesta del The Classic. Traía su clavel, como habíamos acordado. Encendía un cigarrillo y estaba maquillada como una muerta en un cajón, a punto de ser llevada a su morada eterna.
La vi. Cuarentona. Le dolían tanto esos cuarenta abriles que seguro acusaría treinta y pico, sin dar más precisiones.
Era aburrido.
La vi y supe que la vida no esconde sus crueldades sino que las exhibe impunemente, y las proclama a los cuatro vientos, sólo con un afán de burla.
La vi. El tiempo pasó su lija por la piel blanquísima, por las pestañas, por el pelo oxigenado y baqueteado.
La vi y me dio cierta pena ese Marlboro que se consumía entre sus dedos, ese polvo ruin de la oxidación del tiempo que provoca notorios desmanes.
La vi, sin que ella me viera, pero eso no impidió darme cuenta de que ella era yo.
También mi tiempo de metamorfosis me había alcanzado y había tocado fondo. También yo tenía ojeras violetas y humo en los pulmones y cascabeles horribles en el cerebro.
Sentí miedo de mí, sentí náuseas por mi cobardía. Creí que lo que ambos buscábamos no alcanzaría siquiera a enternecer el pasado.
Tiré mi clavel y ella deshojó el suyo.
Me fui sin que se diera cuenta.
Uno de los actos más lúcidos de mi vida.

sábado, 26 de septiembre de 2009

LA CHICA DEL ESPEJO


La chica que se mira en el espejo del baño del bar, esa que cepilla su pelo lacio y rojo, la que retoca su make up , muy pronto terminará su café, pondrá punto final a su charla, abrirá la puerta del Arrufat, y se marchará para siempre.
Al porteño más porteño de todos dejaron de dolerle estas cosas, hace mucho tiempo.
—Me estoy poniendo viejo —susurra.
Y tal vez tenga razón. Pero el dolor de la belleza que se va es sólo para los viejos.
Mirar las piernas de esa chica que jamás será nuestra es una dulce puñalada. Esos ojos que nunca se detendrán en los nuestros es un paso más hacia la muerte.
— ¿Te dás cuenta? —dice el porteño— ¡No hay derecho, Che!
Sí, no hay derecho ni revés, pero tanto el porteño como yo sabemos que la vida es un tobogán finito, de plaza chica, de estación de pueblo.
Me río, no puedo dejar de hacerlo, hasta la tristeza últimamente me da risa.
El tipo tiene razón. El se acostumbrará y yo me acostumbraré a este transitar entre las sombras, a este ruego entre penumbras. Hombres destinados a escribir lo que otros hombres viven, a contar las historias que otros hombres sueñan, nos hemos quedado solos, en esta mesa de café, tranquilos pero sin laureles, repletos de las acciones de los otros que llenarán nuestras palabras, nuestra pluma, pero nunca nuestras vidas.
El Porteño piensa. La chica, con sus ojos llorosos, vuelve a la mesa, le da un beso en la mejilla y lo dice:
— Adiós.
Después de una charla de una hora la palabra adiós suena como un disparo, como el sonido de un rifle en medio de la noche.
-— No sé, porteñito, la piba está buena, ¿viste? Pero si se quiere ir, ¿que podés hacer vos?
El porteño no me contesta, no sé si me oye, piensa, no sé si me ve, no sé si sabe que estoy ahí, testigo invisible y acaso inexistente. Él clava sus ojos en los ojos de la chica —Mariana se llama—  que lo mira sin lástima y con algo de resignación, que se marcha, y ya no volverá.
— A veces la belleza duele tanto, pibe.
Y sí, porteñito, te lo dije. A veces, y sobre todo cuando el tiempo va quemando nuestras naves últimas, y unas arrugas inesperadas surcan nuestra frente, a veces la belleza es ese barco que zarpa hacia un destino que ya no nos pertenece.
— Salud! a pesar de todo, Amigo, digo yo.
— Salud, dice el porteño, a mí, a él, a nadie.


la imagen fue sacada de http://www.escribirte.com.ar/

miércoles, 19 de agosto de 2009

CONFUSIONES

En el Arrufat te enterás de todo, nada escapa al oído atento de quien quiera escuchar, y cuando el Porteño más porteño de todos me lo contó, no pude menos que soltar la carcajada más sincera.
— Hijo de puta, vos te reís porque no te pasó a vos —me dijo con su mirada más sobradora.
Y entonces sí, ahí nos reímos los dos.
Imaginate —me contó el Porteño— yo tengo experiencia con minas, pero esto nunca, te lo juro...
— Para todo hay una primera vez —le murmuré con sorna— y me volví a reír.
Resulta que el tipo conoció a la minita en esos boliches para gente de más de treinta y cinco. Él la invitó a la barra y se tomó unos cuantos destornilladores, que es lo que beben los hombres de su edad. La mina, cuarentona como él, arrancó con guindado y siguió con margaritas. Pero ya entrada la madrugada se clavó un Séptimo Regimiento tan ochentoso como el halo bizarro que parecía rodear todo el lugar.
Vivía por Almagro, y el porteño la llevó en su Chevrolet 54.
El alcohol exaltó las pasiones, como debe de ser, y el Porteño detuvo el auto en varias esquinas solitarias. Los vidrios se empañaron, un bolerito anacrónico y empalagoso sonó en el estéreo, las manos perdidas en los deleites del amor. Pero nada. Al parecer la minita quería hacer las cosas cómodamente.
—Aquí no, llevame al departamento —le dijo todas esas veces.
Llegaron. La mina vivía en un segundo piso, sin ascensor. Subieron las escalera, y en el rellano el tipo la arrinconó y entonces sucedió una eternidad de besos, de mordiscos, de caricias, de susurros entrecortados. Entraron, les costó un montón meter la llave en la cerradura, y cuando el Porteño más porteño de todos la tomó por detrás y la levantó en sus brazos con las mejores intenciones, ella lo rechazó.
—¿Con quién me confundís?  —le dijo
El tipo quedó perplejo unos segundos, la depositó sobre el piso, no entendía, pensó en una broma, en el burbujeo embriagador de los tragos. Pero la mina le pidió que se fuera.
El Porteño más porteño de todos partió de inmediato, montó en su Chevrolet 54, llegó a su casa de Palermo, y se pegó una ducha fría.

Cuando terminó de contarme y de reírnos un buen rato, el tipo me preguntó si yo me animaba a escribir algo sobre el tema.
—No te prometo nada —le mentí.
Apenas se fue, saqué mi Parker y tomé una servilleta.
Espero que les guste.


Él la alzó
no era un sueño
la levantó sobre sí
aferrados los muslos de ella entre sus manos
bandera enarbolada con gestos del deseo
para que su perfume penetre el puente de sus besos
y desde arriba
aferrada ella
domada ella por sus manos feroces
lo abrazó y su pelo de miel oscuro sobre
su boca
sobre su cara como un juego
y aquellos pies descalzos y
aquel perfume de súbita dulzura
el sabor de sus pechos en su boca
en ese letargo con duración de eternidad
Él la sostubo
en ese tiempo que no cesa nunca
él la acarició y ella en el abrazo
inclinó su cabeza
se aferró a su misterio
a sus años de seducir continuo
y no pudo o no supo
que aquella sería la
medida y
que el beso final no llegaría
hundida como era
Él la sostuvo un rato
nada más que un momento
y después en el velo cotidiano
aquellas desnudeces poblarían sus sueños
sus encantos

y sería sólo eso
y nada más que eso

la imagen es de redgestoresculturalesvalle.blogspot.com/2008_...

lunes, 22 de junio de 2009

LAS BEBOTAS

 — Para un tipo de cincuenta y pico nosotras somos unas bebotas  —le dice Julia a Perla y a Lorena, mientras se miran en el espejo de la sala.
An sonríe y me guiña un ojo. Las observa:
cuarentonas ellas, separadas las tres y ¡ay! con esa juventud que les sobrevive en el alma, pero se les escurre del cuerpo.
Augusto Azcuénaga Echagüe, amigo de An, empresario cincuentón, organizó una fiesta el domingo, en su campo de San Pedro, para celebrar el día de la bandera.
Augusto es patriota, bonachón y, aunque parezca mentira, peronista.
— Venite con quien quieras —le dijo a An, y ella invitó a las bebotas.
Tendrían que haberlas visto a las tres, con sus cabecitas rubias, oxigenadas. Con las pieles lánguidas por culpa de la dieta, ansiosas, neuróticas, fumando a rabiar, intentando que el espejo devuelva una imagen imposible.
Días antes, ellas se asomaron a la cuenta Facebook del tipo, y se metieron en sus álbumes de fotos. Admiraron allí el campo de San Pedro con su sembradío de soja y la enorme caballeriza. Pero también la casa en el country de Tortugas y el piso de Belgrano, frente a las Barrancas.
Aunque lo que más las atrapó del tipo fue su pose de ganador: traje Armani, sonrisa sobradora, blanca y abundante cabellera.
La fiesta en el campo se largó a eso del mediodía.
An las presentó a Augusto y ellas quedaron extasiadas. Sofía, la hija del anfitrión, las relojeó con ironía.
Muchos invitados. Asadito criollo, vino, cuerpo de baile para entretener a los presentes y por la tarde jineteada.
Frío a morir.
Ya entrada la noche, Augusto reunió a todos en un escenario improvisado. Tomó el micrófono e hizo el anuncio:
—Vení Brenda —dijo con una sonrisa.
Y Brenda apareció, y el mundo dejó de existir: Alta, rubia natural, joven, soberbia bajo la luz de las primeras estrellas.
Él la tomó de la mano y oficializó el noviazgo con la mejor amiga de su hija.
Después hubo aplausos, gritos de alegría, fuegos artificiales preparados para la ocasión, y comenzó a sonar, como en un dulce sueño, What a Wonderful World.
An sintió, en ese momento, las miradas de las bebotas clavadas en su espalda, y un intenso calor le abrazó el rostro.
Desde ese día, ni Juli ni Perla ni Lorena volvieron a dirigirle la palabra.


La imagen es "Mujer frente al Espejo" de Chanlatte

jueves, 11 de junio de 2009

JUANITA Y EL GURÚ




— Uno debiera dejarse de joder y mirar para dentro.
La frase, dicha por Juanita Alzaga de Pineda en las terrazas del Buenos Aires Design, adquiere cierta pátina de irrealidad.
Claro que en este sitio todo asemeja a la escenografía de un teatro inmenso, y nada parece existir verdadaderamente. Nada. Ni el aire dulzón —remplazado por la mezcla arrolladora de los Very Irresistible-Givenchy y Kenzo Amour— ni el Hard Rock Café, y mucho menos el cementerio de la Recoleta donde miles de muertos ilustres duermen el sueño de los justos
— Mirar hacia adentro, y después ¿qué? —pregunta An, mi mujer, bebiendo un sorbo de su margarita .
Juanita no sabe, no contesta, o ya no le importa tanto.
Triste destino, a veces, el de los humanos que no encuentran lo que añoran.
Por eso Juanita, amiga de An, se fue en busca de sí misma.
Y se fue por allí, salió a buscarse.
Gran paradoja.
La mina se fue de sí para poder encontrarse, y así transitó cursos de Tai Chi, Yoga, Feng Shui y demás yerbas con prestigio oriental, pero practicadas en locales del Soho y en los bosques de Palermo.
Un día Juanita se hartó de Juanita, y de todo. Entonces calzó jogging Adidas, momtó su BMW rojo, descapotable, apagó el Nokia última generación y ahí se fue a estilizar el alma, como ella dice.
Pero pagó con el cuerpo. O mejor dicho, le entregó su cuerpo de diosa al chino de la técnica de sexo tántrico de la calle Honduras. Ambos se encierran fines de semana enteritos,  y ella emerge cada lunes con ese brillo inusual, insolente, desprejuiciado en sus pupilas azules.
Ahora abrieron empresa de ayuda ESPIRITUAL. Ella maneja la caja y el chinito hace lo suyo con otras chicas. Pero a Juanita no le importa, y tampoco le importarán otras cosas mientras la cuenta bancaria se engrose con esos billetes de todos los colores y de todas las latitudes.
An dice que la escucha y no lo puede creer:
—Parecés otra —le dice
— Soy otra, ¿no te das cuenta?
Juanita, puro corazón, se está por ir con el chino al Machu Pichu. Organizaron una excursión para limpiar el espíritu y escapar de esta sociedad desalmada y materialista.
— Imaginate, yo sola con el chino —le confiesa entre risas—. Si hasta rentamos un charter de novela y todo. Pero después allá se nos termina la joda, nena, caminamos como cuatro días por las ruinas, ¿qué loco, no?
An se encogió de hombros, sin saber que contestar.

sábado, 16 de mayo de 2009

¡ LUISITO, NOMÁS !

Cuando a través de la ventanilla del bondi vi el afiche de Luis Zamora, candidato a legislador, no pude menos que insinuar una involuntaria sonrisa.
Otra vez Luisito —Pensé.
Desde que la democracia volvió a nuestro atribulado y pisoteado país, Zamora se postuló a diputaciones, senadurías, cuando no a ocupar el mismísimo sillón presidencial de don Bernardino.
Recuerdo aquellos primeros tiempos de libertades renacientes, de picantes putedas en televisión y pletóricos culos desnudos en portadas de revistas. Recuerdo una especie de seudo destape ochentoso con minas mostrando tetas al rolete, con políticos de cara lavada, y aquella nostálgica avidez de votar de una vez por todas y cambiar, si no ya el mundo, nuestro rinconcito querido de patria.
Y ahí estaba ya, Luis Zamora, con sus postulaciones entusiastas.
Acabada una elección, yo lo buscaba siempre en la lista de cómputos finales y su partido nunca aparecía.
Miraba los porcentajes, que invariablemente primereaban el peronismo y el radicalismo, pero el partido de Luis se aglutinaba, con sus pares pequeños, en una cifra exigua bajo la categoría "otros".
Aunque sí fue creciendo poco a poco. Después de un tiempo ganó una diputación, también un prestigio, y sobre todo un halo de honestidad pública que ninguno pudo empardar.
El tipo renunció a dietas, sueldos, jubilaciones de privilegio, y se lo pudo ver colgado del pasamanos del 60 como a cualquier hijo de vecino.
Cuando la crisis del 2001 y el "que se vayan todos" le trajo la oportunidad de construir una fuerza poderosa y alternativa, la desechó. Nunca supe si fue por pereza, inocencia, o tal vez impericia. El tren pasó por su estación una sola vez y ya no volverá.
¡Una lástima!
Lo único que sí sé es que en aquella Plaza de Mayo de principios de década, cuando el cobarde de De la Rua huyó por los techos de la Rosada como un chorro cualquiera, en aquella soleada y triste tarde de tantos muertos y sueños perdidos, hubo un solo político que se interpuso entre la gente y las patas feroces de los caballos, entre la muchedumbre y los bastones rabiosos de la infantería. Y ese político no fue ni Carrió ni Cristina ni Cobos ni de Narváez ni Solá ni Macri ni Kirchner ni Bullrrich ni tantos de los que hoy mendigan votos en los programas de televisión.
¿Quién fue entonces, señores?
Sí, adivinaron: Luisito Zamora.
Mientras el radicalismo se batía en retirada y el peronismo ansioso se frotaba las manos, Luis Zamora compartió la desgracia de aquellas jornadas con la gente.
Y, evocando esos días tan duros, me vienen unas ganas tremendas de votarlo, para que no se sienta tan solo en la derrota.

lunes, 27 de abril de 2009

CUENTOS EN ZAGALA

Tendrían que haberlo visto a Sergio el otro día.
Se tomó el bondi 161 y regresó a sus pagos de infancia, a Villa Zagala, al conurbano bonaerense, para contar cuentos para ancianos y niños.
Y contó.
Contó con el corazón en la boca, que es la manera en la que hay que contar.
Le juntaron los viejos del patronato con los pibes de la villa que van a hacer los deberes.
Y contó para ellos.
Contó para ellos y además para las asistentes sociales —que no le dieron pelota— y para los maestros y las enfermeras y para las mucamas. Y por una larga hora todo pareció de fiesta.
Y le dolió un poco también, porque volver le duele a cualquiera.
Volver para contar.
Había viejitos en sillas de ruedas y viejitas con bastones blancos y pibes de no más de diez años que ya tienen tajos en la mirada.
Y Sergio ahí, con nada más que sus cuentos y la jarra de agua y un ramo de fresias que le pusieron sobre la mesita de madera.
Y Sergio contó, y evocó,  y lloró, y se rió, y las historias iban y venían como traídas por los vientos del recuerdo, danzaban sobre la atmósfera del teatro improvisado y más allá también, sobre el parque que aglutinaba el complejo de patronatos.
Cuando terminó de contar le regalaron un platito que hacen en los talleres y le pidieron que regrese.
Y Sergio, aunque le duela, juró que lo hará pronto.

miércoles, 4 de marzo de 2009

BORGESITO... ese amigo del alma.

Esta mañana, como cada vez que llueve, me hice una escapada hasta el "Arrufat", para ver si se me ocurría algo para publicar en el blog.
En la mesa que da a la ochava de Anchorena y Santa Fe me lo encontré a Sergio. Charlaba animadamente con su amigo invisible.
A fuerza de perder a los carnales, Sergio se inventó uno de aire.
Se sientan juntos siempre, en el mismo sitio, y él paga la consumición de los dos.
Se los ha visto discutir acaloradamente: Sergio realiza ademanes gigantes y alza la voz más allá de lo discreto y termina yéndose del boliche dando un portazo. Otras veces hablan bajito, como contándose secretos, y se ríen los dos con picardía.
Angelito, uno de los mozos, me explicó que el amigo invisible de Sergio tiene gustos refinados, pero carácter caprichoso: se pide un capuchino Arrufat que vale como cincuenta mangos, pero luego ni siquiera lo prueba.
—Total, él nunca se hace cargo de la cuenta  —explica entre risas.
Angelito dice que el otro día una señora retiró la silla que —por supuesto— pretendía vacía,  y entonces ardió Troya: Sergio empalideció, se puso blanco como el azúcar, pero sacó fuerzas de donde no tenía y lo mínimo que le gritó fue bruja.
imaginate  — me contó Angelito—  hubo que convencerla para que no llamara a la policía. ¡Flor de quilombo!
Flor de quilombo, sí.
Sergio giró la cabeza y entonces me vió, me hizo una seña para que compartiéramos la mesa los tres.
Angelito se sonrió, y continuó con su trabajo.
Yo me acerqué, no sin cierta aprensión.
Apenas me senté me tiró la frase de siempre:
— No puedo escribir, Pechito, no puedo.
— Bueno —le dije— eso pasa a veces.
Acá Borgesito dice que es porque soy medio obsesivo —me contestó , mientras señalaba la silla vacía que estaba entre nosotros— , ¿a vos te parece? .
— ¡Ah...Borgesito... sí!  —le dije, y el calor trepó por mi cara.
Entonces me contó que entablaron una amistad de esas que no se empardan. Me dijo que un día él estaba escribiendo en esta misma mesa, y Borgesito se sentó por las de él, sin que nadie lo invitara. Al principio a Sergio le molestó semejante intromisión, y pensó en echarlo a patadas y golpes de puño. Pero luego percibió en el nuevo amigo una inteligencia clara y una sensibilidad calurosa. Al rato ya estaban discutiendo de política, de música y de literatura.
Sabés cual es el verdadero problema, Pechito —dice Sergio, en tono melancólico—; qué él es de River y yo soy de Boca, ¿te das cuenta?. No podemos ir juntos a la cancha.
Le dije que me hacía cargo de la situación, que comprendía, pero que esta vez me dejara pagar la cuenta a mí.
Me levanté, le di un abrazo a Sergio,  y le hice una amable reverencia a Borgesito, sintiéndome el tipo más pelotudo del mundo.
la imagen es de www.tintorerialaciana.com

sábado, 28 de febrero de 2009

DANILO

Desde que Danilo se vino a vivir al edificio las cosas cambiaron mucho.
Bah! No es que se haya venido a vivir así, de una manera formal.
No.
Apareció el sábado pasado, el día de la tormenta, mojado y muerto de frío, con los pelos parados y temblando, y se instaló nomas, sin pedir permiso y sin anunciarse, en la mismísima entrada.
Y ahí se quedó.
Porque Danilo —cómo ustedes se darán cuenta—vive puertas para afuera, bajo el techito acogedor del balcón del primer piso.
Al principio las señoras le encomendaron a Paco, el portero, que se encargara del asunto. Pero Paco se negó de manera rotunda. Argumentó que esos menesteres no se encuadraban en sus funciones específicas. Después me confesó que le daba pena manguerearlo de lo lindo para que se fuera, como le habían sugerido.
Y encima es mansito, ni siquiera ladra, mire —me dijo, y aprovechó la ocasión para manguearme un cigarrillo.
El problema son las pulgas, vea usted —me explicó la vieja del 3º C, mientras se rascaba a diestra y siniestra.
Creo que la miré con asco, porque me dio vuelta la cara y se fue sin saludar.
Se realizó de urgencia una reunión de consorcio: hubo discursos, discusiones, insultos, risas y hasta alguna lágrima furtiva.
Las viejas terciaron que ni para guardián servía el pobre.
Salí a fumar para despejarme un poco,  y Danilo, desde el piso, me miró con sus ojos aburridos.
—Ladrá —Le ordené
Siguió mirándome, como si nada.
—Ladrá, carajo.
Me ignoró por completo, metió la cabeza entre la cola y se quedó dormido.
Al final la mayoría se apiadó y votó que se quedara.
Le compramos una correa y un collar. Se organizaron turnos para bañarlo, pasearlo y darle de comer. El viernes lo llevamos al veterinario, le pusimos todas las vacunas, le cortamos el pelo y la cogotuda del 9ºA le tiró encima un Carolina Herrera que vale como mil mangos.
Hoy, cuando vino el cartero, se mandó dos o tres ladridos fuertes y el tipo salió corriendo.
También se paró en dos patas para sostrener la puerta cuando salió la vieja del décimo.
Yo me sentí orgulloso, y no supe por qué.
Noté que Paco, el portero, lo empezó a mirar con cierta aprensión.
Me parece que le entró miedo de que lo rajen.

viernes, 30 de enero de 2009

FACEBOOK (o el viaje al fin de los tiempos)

Desde que su amiga Isabel anda gozando dichosamente los soles del Brasil, An se siente un poco perdida. Deambula a solas por la ciudad sola, mirando vidrieras repletas de vestidos impagables, de zapatos que se subastan al precio de piedras preciosas.
An se aburre aplicadamente, cognitivamente.
Recorre los bares de la placita Cortazar a sabiendas del vacío existencial. Se toma unos chops espumosos con un dejo de ruptura en el alma, con algo que intenta que no se note, pero que se escapa por todos lados.
Ella —igual que todos— es ahora miembro de la comunidad Facebook: la gran romería cuya divinidad está en todos lados y en ninguna parte.
¿Cómo explicarlo?
A ver...
Facebook es un lugar (hay que llamarlo de alguna manera) donde el pasado se superpone con el presente y todo se confunde y ya nada es lo que parece, o lo que debiera ser.
Allí, de golpe, pueden aparecer los amigos de tu infancia para demostrarte —por si hiciera falta— que el tiempo existe verdaderamente y no es una paparruchada de la filosofía.
A través de esa red, An se reencontró con sus antiguas condiscípulas del Misericordia de Belgrano, y organizaron una cena de aquellas y recordaron viejas épocas y fue, de pronto, y sin que ninguna de ellas lo haya premeditado, como si el mundo hubiera regresado a sus orígenes.
Ahora mismo andan chateando, felices de la vida, en esa moderna Babilonia virtual donde nadie sabe quién es quién, pero en la cual todos actúan como si se conocieran de toda la vida.
Yo también -debo admitirlo- pertenezco a la comunidad Facebook, y ahora tengo miedo.
Mucho miedo.
Es que me he dado cuenta de que todos hemos caído en una trampa mortal de la cual no existe escapatoria. En realidad lo descubrí anoche, por culpa de un sueño, y hoy sé que ya no tengo salida.
En el sueño yo me encontraba frente al monitor de la pc, cuando de repente, como emergiendo desde adentro de ese reino vasto y efímero, comenzó a aparecer gente en la pantalla. Eran innumerables como hormigas y trataban de atravesar el vidrio valiéndose de sus brazos y sus piernas. Retrocedí horrorizado. En un momento lograron atravesar la pantalla y adquirieron carnadura propia, penetraron en la sala y caminaron hacia mí.
Me estremecí.
Mi terror se acrecentó cuando me dí cuenta que se trataba de gente muerta. Parecían esos zombies de las películas de Romero: deformes, podridos, vacíos, grotescos, amenazantes. Miles y miles de cadáveres andantes avanzando hacia mí con sus brazos extendidos, con sus muecas torcidas y sus ojos tenebrosos.
Desperté bañado en sudor, en medio de la oscuridad. Y ahí entendí.
Me reí con ganas. Fue como haber alcanzado un nirvana ordinario, una revelación de entre casa.
Me imaginé a mi mismo en el sueño de otro, con mis cuencas vacías, con mi hedor de cadáver ambulante atravesando un monitor cualquiera para poder percibir -en el otro- el mismo desconcierto, el mismo inesperado estupor.
Pensé en los miles de fantasmas que dejamos atrás, y que hemos olvidado y que sin embargo...
Pensé en el fantasma que seré para alguien y todavía no lo sé.
Hoy por la mañana, después del desayuno, abrí mi cuenta de Facebook, vi las fotos de mis casi doscientos amigos virtuales y recordé entonces aquel maravilloso cuento de Borges: EL ALEPH. Imaginé aquel punto fantástico del cuento, donde cabía el universo entero.
Y me dije que hoy, más que nunca, la realidad supera la ficción.

miércoles, 28 de enero de 2009

ESPEJOS ROTOS

La última vez que Sergio visitó la casa de su amiga Geraldina rompió sin querer un espejo de pared. El vidrio se astilló de lado a lado, dejando una fina cicatriz como línea divisoria.
Después de ese episodio nunca más regresó.
A partir de aquel día la amistad de más de veinte años que los unía comenzó a sucumbir, cadenciosa, triste, lenta y empinadamente. Esa amistad, que en un momento parecía indestructible y perfecta, languideció sin sufrimiento alguno, hasta que dejó de existir definitivamente sin que mediaran despedidas, palabras o reproches. Sergio lo lamentó en silencio, no hizo preguntas y no esperó respuestas, tal vez allí estuvo el error.
Lo que sí realizó fue una paradójica, extraña y caprichosa asociación simétrica de hechos. Y en esa relación se remontó al viejo patio de baldosas de su infancia, donde a los seis años rompió el espejo de su bicicleta y supo, en ese momento, como en una ráfaga de pensamiento, que su vida sería la que hoy es y no la que pudo haber sido.
En ambos instantes el espejo roto apareció como gran protagonista, junto a sus anexadas desgracias.
Sergio por mucho tiempo ansió creer (y lo logró) que las cosas se resolvían de una manera mágica y fatal. Creyó ciegamente en el ser predestinado, en el ser atado a su destino. Creyó en la intromisión externa de la mala suerte, en la despiadada maldición de las cosas.
Así se vio un buen día enredado en una maraña de talismanes, en un laberinto de religiones, de dioses que prometen el oro y el moro, de tipos que sangran en sus cruces o que meditan debajo de los árboles y alcanzan una cosa que nadie logra alcanzar.
¡¡Mierda!!
Él hoy me escribió un e-mail y me contó que se levantó temprano y que decidió hacerse cargo de su propia vida. Me contó que se miró en el espejo de su habitación, como si lo hiciera por primera vez, y que se causó gracia. Y dijo también que algo se rompió, no en el espejo sino dentro suyo. Algo se desató. Algo que no sabe, o no puede, o no quiere explicar.
Comprendió que aquella amistad con Geraldina estaba rota mucho antes de la rotura del espejo. Años antes, siglos antes. Siglos de palabras mudas o dichas a destiempo.
También comprendió que la vida da revancha siempre, y que cada acto, cada abrazo, cada llanto y cada camino que se emprende es una nueva oportunidad para elegir.
Sergio me contó que mientras escribía el e-mail tenía varias pestañas abiertas en la compu, y que quería cerrarlas a todas de una buena vez, porque tanta sobrecarga le jodía.
Me dijo también que deseaba abrir una sola página que estuviera en blanco, que quería tomarse todo el tiempo del mundo, toda la aplicación necesaria para poder escribir el presente y vislumbrar el futuro.
Ojalá pueda hacerlo, porque el pibe se lo merece.
La imagen es de ruidocreativo.blogspot.com