Qué paradoja demencial, ¿no? ser yo el que me condene, el que me plagie la propia tristeza.
Quisiera volver a las antiguas historias irónicas, postear aquellas desnudeces vanas, descarnadas de toda carnadura, con aparente liviandad y fragilidad.
Pero no.
Y me da risa, y la risa me toma de sorpresa y me obliga a indagar en ese espejo quebrado y brumoso.
Entonces surge este vómito de palabras sueltas, esta sensación de saltos al vacío, de delirios improvisados porque sí, y ni yo me lo creo.
¿Cómo aprehender todo de nuevo?
¿Cómo desenterrar del pasado el motorcito de la pasión?
Mirando caras en el subterráneo, estación Malavia y olor a fritanga clandestina, todo hace pensar en el suicidio colectivo y cotidiano, ese meter la pata a contrareloj y a contracuenta.
No sirve, me digo. Y tampoco me lo creo.
Soy un apóstata, un paria, menos que nada.
Hoy caminé, caminé por este barrio de la Recoleta que pretende no ser parte de esta Argentina pobre y despiadada. Un barrio que esconde su identidad detrás de un campo lleno de muertos, de ilustres apellidos con nombres de calles, de árboles genealógicos orgullosos de frondosidad.
Quisiera entonces reirme, ser irónico otra vez, largar una bofetada que pegue duro en el rostro de la muerte. Y no, me sale nada más que este palabrerío que no dice nada, este hueco de frases vacías, este vómito que no me ahorro porque en el fondo soy un cagón que no quiere morir atragantado.
Perdonen ustedes a este miserable escudado en una heroica cobardía.
¿Heroica, dije?. ¡Canalla!
No se puede ser tan egocéntrico. No se puede ser tan egoísta atrincherado en esta especie de mentira, enarbolando mi bandera blanca.
¡No disparen!
Salgo ya mismo con las manos en alto y entrego este botín de vanidad
Está en ustedes despreciarlo.
La imagen fue sacada de
Oleo "Antes de la Batalla" de Miguel Oscar Menassa