lunes, 22 de junio de 2009

LAS BEBOTAS

 — Para un tipo de cincuenta y pico nosotras somos unas bebotas  —le dice Julia a Perla y a Lorena, mientras se miran en el espejo de la sala.
An sonríe y me guiña un ojo. Las observa:
cuarentonas ellas, separadas las tres y ¡ay! con esa juventud que les sobrevive en el alma, pero se les escurre del cuerpo.
Augusto Azcuénaga Echagüe, amigo de An, empresario cincuentón, organizó una fiesta el domingo, en su campo de San Pedro, para celebrar el día de la bandera.
Augusto es patriota, bonachón y, aunque parezca mentira, peronista.
— Venite con quien quieras —le dijo a An, y ella invitó a las bebotas.
Tendrían que haberlas visto a las tres, con sus cabecitas rubias, oxigenadas. Con las pieles lánguidas por culpa de la dieta, ansiosas, neuróticas, fumando a rabiar, intentando que el espejo devuelva una imagen imposible.
Días antes, ellas se asomaron a la cuenta Facebook del tipo, y se metieron en sus álbumes de fotos. Admiraron allí el campo de San Pedro con su sembradío de soja y la enorme caballeriza. Pero también la casa en el country de Tortugas y el piso de Belgrano, frente a las Barrancas.
Aunque lo que más las atrapó del tipo fue su pose de ganador: traje Armani, sonrisa sobradora, blanca y abundante cabellera.
La fiesta en el campo se largó a eso del mediodía.
An las presentó a Augusto y ellas quedaron extasiadas. Sofía, la hija del anfitrión, las relojeó con ironía.
Muchos invitados. Asadito criollo, vino, cuerpo de baile para entretener a los presentes y por la tarde jineteada.
Frío a morir.
Ya entrada la noche, Augusto reunió a todos en un escenario improvisado. Tomó el micrófono e hizo el anuncio:
—Vení Brenda —dijo con una sonrisa.
Y Brenda apareció, y el mundo dejó de existir: Alta, rubia natural, joven, soberbia bajo la luz de las primeras estrellas.
Él la tomó de la mano y oficializó el noviazgo con la mejor amiga de su hija.
Después hubo aplausos, gritos de alegría, fuegos artificiales preparados para la ocasión, y comenzó a sonar, como en un dulce sueño, What a Wonderful World.
An sintió, en ese momento, las miradas de las bebotas clavadas en su espalda, y un intenso calor le abrazó el rostro.
Desde ese día, ni Juli ni Perla ni Lorena volvieron a dirigirle la palabra.


La imagen es "Mujer frente al Espejo" de Chanlatte

jueves, 11 de junio de 2009

JUANITA Y EL GURÚ




— Uno debiera dejarse de joder y mirar para dentro.
La frase, dicha por Juanita Alzaga de Pineda en las terrazas del Buenos Aires Design, adquiere cierta pátina de irrealidad.
Claro que en este sitio todo asemeja a la escenografía de un teatro inmenso, y nada parece existir verdadaderamente. Nada. Ni el aire dulzón —remplazado por la mezcla arrolladora de los Very Irresistible-Givenchy y Kenzo Amour— ni el Hard Rock Café, y mucho menos el cementerio de la Recoleta donde miles de muertos ilustres duermen el sueño de los justos
— Mirar hacia adentro, y después ¿qué? —pregunta An, mi mujer, bebiendo un sorbo de su margarita .
Juanita no sabe, no contesta, o ya no le importa tanto.
Triste destino, a veces, el de los humanos que no encuentran lo que añoran.
Por eso Juanita, amiga de An, se fue en busca de sí misma.
Y se fue por allí, salió a buscarse.
Gran paradoja.
La mina se fue de sí para poder encontrarse, y así transitó cursos de Tai Chi, Yoga, Feng Shui y demás yerbas con prestigio oriental, pero practicadas en locales del Soho y en los bosques de Palermo.
Un día Juanita se hartó de Juanita, y de todo. Entonces calzó jogging Adidas, momtó su BMW rojo, descapotable, apagó el Nokia última generación y ahí se fue a estilizar el alma, como ella dice.
Pero pagó con el cuerpo. O mejor dicho, le entregó su cuerpo de diosa al chino de la técnica de sexo tántrico de la calle Honduras. Ambos se encierran fines de semana enteritos,  y ella emerge cada lunes con ese brillo inusual, insolente, desprejuiciado en sus pupilas azules.
Ahora abrieron empresa de ayuda ESPIRITUAL. Ella maneja la caja y el chinito hace lo suyo con otras chicas. Pero a Juanita no le importa, y tampoco le importarán otras cosas mientras la cuenta bancaria se engrose con esos billetes de todos los colores y de todas las latitudes.
An dice que la escucha y no lo puede creer:
—Parecés otra —le dice
— Soy otra, ¿no te das cuenta?
Juanita, puro corazón, se está por ir con el chino al Machu Pichu. Organizaron una excursión para limpiar el espíritu y escapar de esta sociedad desalmada y materialista.
— Imaginate, yo sola con el chino —le confiesa entre risas—. Si hasta rentamos un charter de novela y todo. Pero después allá se nos termina la joda, nena, caminamos como cuatro días por las ruinas, ¿qué loco, no?
An se encogió de hombros, sin saber que contestar.

sábado, 23 de mayo de 2009

VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS

Me dí una vuelta por el blog Soledad Entretenida, de Maritornes http://soledadentretenida.blogspot.com/  —uno de los mejores del universo virtual, les garantizo— y me encontré con este poema de Cesar Pavese.
Recordé cierto episodio de mi infancia, que ya creía ingenuamente olvidado, pero que sin embargo persiste aún en la recóndita oscuridad de mi alma, y de mi memoria.
Marina se llamaba, y era dulce y morena, y vivía a la vuelta de casa.
Tenía unos ojos negros como no he vuelto a ver.
Ella andaría por los quince y yo era apenas un pibito que fatigaba la manzana con mi primera bici sin rueditas.
La miraba.
La miraba siempre, no podía dejar de hacerlo: el pelo largo, la palidez en el rostro, y esa sonrisa  que me dedicaba cada vez que me veía doblar.
Por las mañanas, en verano, montaba mi rodado veinte roja y mi corazón latía con fuerza sólo de admirarla asomada en la ventana.
Hasta que un día ya no estuvo, y al otro tampoco, y nunca más volví a verla.
"Leucemia" fue la palabra que empleó —entre lágrimas— mi madre cuando pregunté.  Y después llegó el día aquel de los coches negros, esa mañana de la llovizna y las coronas en la puerta de su casa.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos...
Como diría don Julio Cortazar, dan ganas de llorar, pero de pura tristeza.



Vendrá la muerte y tendrá tus ojos;
esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo. Tus ojos
serán una palabra vana,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando te doblas sobre ti misma
en el espejo. Oh, amada esperanza,
ese día también nosotros sabremos
que eres la vida y eres la nada.
La muerte tiene una mirada para todos.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como ver en el espejo
surgir un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Descenderemos en el abismo, mudos.
Traducción: Laura Zorrilla

sábado, 16 de mayo de 2009

¡ LUISITO, NOMÁS !

Cuando a través de la ventanilla del bondi vi el afiche de Luis Zamora, candidato a legislador, no pude menos que insinuar una involuntaria sonrisa.
Otra vez Luisito —Pensé.
Desde que la democracia volvió a nuestro atribulado y pisoteado país, Zamora se postuló a diputaciones, senadurías, cuando no a ocupar el mismísimo sillón presidencial de don Bernardino.
Recuerdo aquellos primeros tiempos de libertades renacientes, de picantes putedas en televisión y pletóricos culos desnudos en portadas de revistas. Recuerdo una especie de seudo destape ochentoso con minas mostrando tetas al rolete, con políticos de cara lavada, y aquella nostálgica avidez de votar de una vez por todas y cambiar, si no ya el mundo, nuestro rinconcito querido de patria.
Y ahí estaba ya, Luis Zamora, con sus postulaciones entusiastas.
Acabada una elección, yo lo buscaba siempre en la lista de cómputos finales y su partido nunca aparecía.
Miraba los porcentajes, que invariablemente primereaban el peronismo y el radicalismo, pero el partido de Luis se aglutinaba, con sus pares pequeños, en una cifra exigua bajo la categoría "otros".
Aunque sí fue creciendo poco a poco. Después de un tiempo ganó una diputación, también un prestigio, y sobre todo un halo de honestidad pública que ninguno pudo empardar.
El tipo renunció a dietas, sueldos, jubilaciones de privilegio, y se lo pudo ver colgado del pasamanos del 60 como a cualquier hijo de vecino.
Cuando la crisis del 2001 y el "que se vayan todos" le trajo la oportunidad de construir una fuerza poderosa y alternativa, la desechó. Nunca supe si fue por pereza, inocencia, o tal vez impericia. El tren pasó por su estación una sola vez y ya no volverá.
¡Una lástima!
Lo único que sí sé es que en aquella Plaza de Mayo de principios de década, cuando el cobarde de De la Rua huyó por los techos de la Rosada como un chorro cualquiera, en aquella soleada y triste tarde de tantos muertos y sueños perdidos, hubo un solo político que se interpuso entre la gente y las patas feroces de los caballos, entre la muchedumbre y los bastones rabiosos de la infantería. Y ese político no fue ni Carrió ni Cristina ni Cobos ni de Narváez ni Solá ni Macri ni Kirchner ni Bullrrich ni tantos de los que hoy mendigan votos en los programas de televisión.
¿Quién fue entonces, señores?
Sí, adivinaron: Luisito Zamora.
Mientras el radicalismo se batía en retirada y el peronismo ansioso se frotaba las manos, Luis Zamora compartió la desgracia de aquellas jornadas con la gente.
Y, evocando esos días tan duros, me vienen unas ganas tremendas de votarlo, para que no se sienta tan solo en la derrota.

sábado, 9 de mayo de 2009

BOLUDECES, COMO SIEMPRE

Para mi amigo Hernán

Y sí. Reencontrarme con mi amigo Ernesto iba a ser una fiesta para el alma.
Después de algunos reveses en el campo de los afectos, volverlo a ver despertaría infinitos recuerdos, anécdotas varias, peripecias del pasado y de la juventud.
Para definir a Ernesto tengo que usar un lugar común: soltero empedernido.
Hijo único pero no malcriado, lo último que supe de él es que vivía con sus padres en una casona de Vicente López.
Revolví cajones y papeles y dí con su celular, y lo cité en el Arrufat, mi querido refugio.
Mucho tenía para contarle. Sobre todo de mis crisis existenciales y de mi perplejidad ante las grandes preguntas humanísticas que buscan un sentido para el hombre.
Quería contarle de este blog que mantengo, del premio de cuentos que gané, del vacío de la hoja en blanco y de la angustia que genera observarse frente a una superficie inmaculada que espera un destello de genialidad. Pretendía mostrarle a Ernesto mi evolución, la inteligencia que me había deparado el cultivo de un pensamiento crítico, los debates filosóficos que a menudo realizaba en el bar Baudelaire. Esas búsquedas de verdades absolutas que sólo tenían respuesta en el plano metafísico. Esas verdades esquivas que tratábamos de descifrar en las charlas de café de los viernes con aquellos amigos que carecían de todo lo trivial.
Todo eso quería contarle.
Y sí. Ernesto llegó al Arrufat con su mirada luminosa de siempre, con aquella alegría que le conocía muy bien,  y con una barba candado que era de este nuevo tiempo.
Estábamos contentos de vernos. Nos abrazamos y nos pedimos las primeras birras.
Ya a la cuarta Quilmes me contó.
Me lo contó de la misma manera que me preguntó por mi hija: con una expresión de paz, con un gesto bonachón, tan característico en él.
Me dijo que sus padres habían muerto a finales del año pasado, con pocos meses de diferencia. Primero el padre por una enfermedad terminal,  y luego la madre acuciada por la pena.
Me contó que de pronto, y en poco tiempo, se quedó absolutamente solo.
Estuvo acompañándolos hasta el final, primero a uno y después a otro.
Luego, cuando ocurrió lo que ocurrió, vio como la casa se agrandaba y se silenciaba y se convertía en otra. Recordó los juegos de infancia y los barriletes que remontaba con su padre. Los bailes de la adolescencia en la terraza y a su madre preparando bizcochuelo.
Tomó, dice que tomó mucho. Dice que coló pastillas de todos los colores y de todos los tamaños. Y que pataleó, y que lloró contra la reputísima vida y contra la archireputísima muerte.
Pero salió, porque todo debía continuar, y a pesar de las pálidas él necesitaba del humor y de la alegría.
Todo esto me contó: sin énfasis, con su mirada pacífica de los mejores días, con una sonrisa en la cara por el gozo de habernos encontrado.
—Y vos en qué andás  —me preguntó, mientras me guiñaba el ojo por sobre el vaso repleto de espuma.
—¿Yo? —contesté, buscando encontrar las palabras adecuadas— Yo, nada... en boludeces, como siempre.

jueves, 30 de abril de 2009

DE AMBAR

El porteño más porteño de todos, ese que bebe litros de café y observa la calle desde la ventana de un bar.
El porteñísimo que guarda en su DNI la foto vieja de los años de plomo (campera de corderoy y bufanda hasta el piso).
Ese tipo de los sueños azules, de las estaciones donde la palabra silencia aquello que dice.
Ese tipo me regaló este poema de sus años mozos. Un poema de cuando estaba todo por hacerse. Todo lo que después nunca se hizo.


DE ÁMBAR

De ámbar dibujados
en Politeama, un café,
un cigarrillo, una sombra.
De ámbar esa piedra que colgaba
de la lluvia, un Jockey Club maquillado
de tus letras,
del adiós de tus letras inventadas
en paquetes de cigarrillos
abiertos una tarde cualquiera
pero no tan cualquiera.
De ámbar el color del silencio,
la levedad de tus ojos encendidos,
el encuentro fugaz
de las pieles ocultas.
De ámbar la poesía que te dije al oído
—tus manos apretadas,
serenas, con las mías—
en el denso paisaje del verano y la siesta.

lunes, 27 de abril de 2009

CUENTOS EN ZAGALA

Tendrían que haberlo visto a Sergio el otro día.
Se tomó el bondi 161 y regresó a sus pagos de infancia, a Villa Zagala, al conurbano bonaerense, para contar cuentos para ancianos y niños.
Y contó.
Contó con el corazón en la boca, que es la manera en la que hay que contar.
Le juntaron los viejos del patronato con los pibes de la villa que van a hacer los deberes.
Y contó para ellos.
Contó para ellos y además para las asistentes sociales —que no le dieron pelota— y para los maestros y las enfermeras y para las mucamas. Y por una larga hora todo pareció de fiesta.
Y le dolió un poco también, porque volver le duele a cualquiera.
Volver para contar.
Había viejitos en sillas de ruedas y viejitas con bastones blancos y pibes de no más de diez años que ya tienen tajos en la mirada.
Y Sergio ahí, con nada más que sus cuentos y la jarra de agua y un ramo de fresias que le pusieron sobre la mesita de madera.
Y Sergio contó, y evocó,  y lloró, y se rió, y las historias iban y venían como traídas por los vientos del recuerdo, danzaban sobre la atmósfera del teatro improvisado y más allá también, sobre el parque que aglutinaba el complejo de patronatos.
Cuando terminó de contar le regalaron un platito que hacen en los talleres y le pidieron que regrese.
Y Sergio, aunque le duela, juró que lo hará pronto.