Rimbaud tenía también su ataúd en llamas.
Todos rompimos nuestras copas
—habíamos bebido, habíamos brindado por
el oro, por Verlaine, por Perón y por Charles
Chaplin—. Después sí, nos largamos a llorar.
Este poema es de un libro que publiqué allá por 1992: Aguas Servidas.
Pecado de juventud, lo más rescatable de aquel esperpento vanidoso —y no, por supuesto, en las formas que proponía del Valle Inclán— es la dedicatoria a mi mejor amiga, y alguna que otra línea que zafa.
Hoy me entraron ganas de llenar el vacío del Lápiz Porteño con esta humilde estrofa. ¿Melancolía? ¿Nostalgia? Puede ser. También unas ganas locas de emborracharme, mientras la ciudad sucumbe a los primeros embates del invierno.





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